Papi by Emma Cline

Papi by Emma Cline

autor:Emma Cline [Cline, Emma]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Drama, Otros
editor: ePubLibre
publicado: 2020-01-01T00:00:00+00:00


LA ARCADIA

—Hay margen para la expansión —dijo Otto durante el desayuno, leyendo el periódico gratuito de páginas finísimas que la gente de la orgánica mandaba a todas las granjas. Dio unos golpecitos al artículo con su dedazo, y Peter se fijó en que llevaba la uña pintada de negro con esmalte, o con rotulador. O tal vez era solo una ampolla de sangre.

—Dibujaremos una hoja o una mierda de esas en la etiqueta —dijo Otto, mirando la página con ojos entornados—. Aunque no acabe de verse del todo igual. La gente no notará la diferencia.

Heddy echó unas rodajas de limón a hervir a fuego lento, dándoles toquecitos en la cacerola con un palillo chino. Se había puesto un jersey y tenía las piernas llenas de ronchas. Todas las mañanas desde que había sabido que estaba embarazada bebía una infusión de limón. «Equilibra los niveles de pH», le había explicado a Peter. Se preparaba un vaso para tomar con todas las vitaminas prenatales, unas cápsulas grandes y parduzcas que olían a comida para peces, vitaminas que prometían impregnar al bebé de minerales y proteínas. A Peter se le hacía raro imaginar las uñas de su bebé endureciéndose dentro de ella, sus músculos desplegándose. La gragea inconcebible de su corazón.

Heddy frunció los labios mirando de reojo a su hermano.

—Eso es un poco tonto, ¿no? —dijo—. O sea, ¿por qué no pedimos la certificación de verdad?

Otto la despachó con la mano.

—¿Tienes unos cuantos miles de dólares por ahí? Tú, desde luego, no estás contribuyendo.

—Estoy ensanchando mi mente. —Acababa de empezar el segundo cuatrimestre en la escuela de estudios superiores del pueblo.

—¿Sabes qué es lo que se te ensancha después? —dijo Otto—. El pandero.

—Que te jodan.

—Sí, sí. He tenido que contratar a más gente, y eso cuesta dinero.

Peter había visto a los nuevos empleados: un hombre barbudo y una mujer que se habían mudado a una de las caravanas unas semanas atrás. Llevaban un niño.

—Todo cuesta dinero —dijo Otto.

Heddy entrecerró los ojos, pero se volvió hacia la cacerola, decidida a sacar el limón del agua.

—De todas formas —prosiguió Otto—, podemos decir «natural» y todo lo demás igualmente.

—Suena bien —dijo Peter, intentando mostrar entusiasmo. Otto estaba ya pasando las páginas, a otra cosa. Le tenía a Peter la misma simpatía que a cualquiera. Cuando supo que había dejado embarazada a Heddy, fue idea suya que se mudara a su casa y trabajase para él.

—Supongo que ya es mayor de edad —había dicho—. No es problema mío. Pero si veo el más mínimo moratón, te mato.

Heddy le puso la mano en el hombro a Peter.

—Está de broma —dijo.

Peter se había mudado al cuarto de niña de Heddy, todavía abarrotado de muñecas de porcelana y ramilletes deshechos de bailes de fin de curso, y trató de ignorar el hecho de que el cuarto de su hermano estaba ahí mismo al fondo del pasillo. Otto gestionaba las sesenta hectáreas de árboles frutales que rodeaban la casa. Las tierras estaban tan cerca de la costa que grandes goletas de niebla empapaban de una nieve silenciosa las mañanas.



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