Los tigres de Mompracem (Ilustrado) by Emilio Salgari

Los tigres de Mompracem (Ilustrado) by Emilio Salgari

autor:Emilio Salgari [Salgari, Emilio]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Aventuras, Juvenil
editor: ePubLibre
publicado: 1900-06-05T16:00:00+00:00


Capítulo XXI

El ataque de la pantera

Dos formidables enemigos estaban frente a los dos piratas, a cuál más peligroso, pero parecía que por el momento no tenían ninguna intención de ocuparse de los dos hombres, porque en vez de descender a lo largo del torrente, se movían rápidamente el uno contra el otro, como si quisieran medir sus fuerzas.

El animal que Sandokán había llamado hariman-bintang era una espléndida pantera de Sonda: el otro, en cambio, era uno de esos grandes simios, llamados maias u orang utang (en malayo, «hombre salvaje»), que son aún tan numerosos en Borneo y en las islas vecinas y que son tan temidos por su fuerza prodigiosa y por su ferocidad.

La pantera, quizá hambrienta, al ver al hombre de los bosques pasar por la ribera opuesta, se había lanzado prontamente sobre una gruesa rama que se curvaba casi horizontalmente sobre la corriente, formando una especie de puente. Como ya se dijo, era una fiera tan bellísima como peligrosa.

Tenía la talla y en cierto modo también el aspecto de un tigre pequeño, pero con la cabeza más redonda y poco desarrollada, patas cortas y robustas y el pelaje amarillo oscuro a manchas y con rosetas más oscuras. Debía de medir por lo menos metro y medio de longitud, así que debía de ser una de las más grandes de la familia.

Su adversario era un feo y enorme simio, de cerca de un metro cuarenta de estatura, pero con los brazos tan desmesurados, que alcanzaban en conjunto la longitud de dos metros y medio.

Su cara, bastante larga y arrugada, tenía un aspecto ferocísimo, especialmente con aquellos ojillos hundidos y en continuo movimiento, y el pelaje rojizo que la encuadraba.

El pecho de aquel cuadrumano tenía el desarrollo verdaderamente enorme y los músculos de los brazos y de las piernas formaban verdaderas nudosidades, indicio de una fuerza prodigiosa.

Estos simios, que los indígenas llaman meias, mias y también maias, habitan en lo más espeso de los bosques, y prefieren las regiones más bien bajas y húmedas.

Construyen sus moradas muy espaciosas en las cimas de los árboles, empleando ramas gordísimas que disponen hábilmente en forma de cruz.

Son de humor más bien triste y no les gusta la compañía. Ordinariamente evitan al hombre e incluso a los otros animales; ahora bien, si se los amenaza o irrita, se vuelven terribles y casi siempre su fuerza extraordinaria triunfa sobre sus adversarios.

El maias, al oír el ronco gruñido de la pantera, se había detenido de golpe. Se encontraba en la ribera opuesta del pequeño riachuelo, delante de un gigantesco durion, que proyectaba su espléndido quitasol de hojas a sesenta metros del suelo.

Probablemente había sido sorprendido en el momento en que iba a escalar el árbol para saquear su numerosa fruta.

Al ver a aquella peligrosa vecina, al principio se contentó con mirarla más con estupor que con ira, y luego emitió de pronto dos o tres silbidos guturales, indicio de un próximo acceso de cólera.

—Creo que vamos a presenciar una terrible lucha entre esos dos animalazos —dijo Yáñez, que se había cuidado mucho de moverse.



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