El custodio de los libros by Rodrigo Costoya

El custodio de los libros by Rodrigo Costoya

autor:Rodrigo Costoya [Costoya, Rodrigo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2020-07-14T16:00:00+00:00


LXXXIV

La luz fue dando paso a la oscuridad.

Se habían acabado los pasteles, así que repartieron entre las dos copas el vino que quedaba en el fondo de la botella.

Esta vez fue el muchacho quien rompió el silencio. Las cartas estaban sobre la mesa, pero quedaban cabos sueltos. Puestos a sacar la verdad a la luz, pensó, que no quedasen sombras difusas.

Necesitaba certezas para afrontar lo que pudiese venir.

—Así que eso tan importante que queréis transmitirme es… —comenzó, invitando a Ligunde a completar la frase.

El viejo guerrero no entró al trapo.

Xerome tiró de la cuerda. La cosa iba estando clara. El maestro había utilizado como pretexto su decimoquinto aniversario para abrirle los ojos. O quizás se había marcado aquel día como fecha límite para soltar amarras. Lo que fuera. En cualquier caso, las cosas no podían quedar a medias.

Llegados a aquel punto, no había nada que perder.

Como Ligunde no se decidía, se arrancó él. Habló despacio, calibrando sus palabras, pero con seguridad. A esas alturas ya creía saber por dónde iban los tiros, aunque su brújula aún navegase entre la bruma.

—… el modo en el que podemos preservar este tesoro para que algún día pueda ser difundido con libertad. Evitar que la barbarie y la ignorancia acaben por destruir el Legado. Honrar la sabiduría humana, la misma que hizo posible que cada uno de estos libros fuera creado —aventuró, escrutando mientras hablaba la expresión de su maestro.

El monje asintió en silencio y esperó. Aún había más.

Por fin habían llegado al corazón del asunto. Xerome continuó como si estuviera recitando un texto. Una fórmula que jamás había memorizado, pero que estaba ahí.

—Y que de esa manera la luz de la razón alcance a toda la humanidad, trayendo el progreso a los pueblos. —El joven empezó a encontrarle un sentido a todo aquello que nunca antes había sospechado. Como si fuera encajando poco a poco las piezas de un rompecabezas intangible.

Ligunde tomó la palabra. Xerome iba bien encaminado, pero la verdad última que escondía su secreto era mucho más compleja.

—Extender el progreso, la paz, la justicia… Solo a través de la sabiduría se abre paso el camino que lleva a ese paraíso, Xerome. Es por eso que ya desde la antigüedad hombres como mi maestro, los hermanos de su Orden y todos los sabios gnósticos han luchado por esos ideales. —Suspiró pesadamente—. A pesar de que hasta hoy, desgraciadamente, la oscuridad haya ganado casi todas las batallas.

Cada vez había menos luz en la biblioteca. Si fuera un día normal, Xerome ya habría dejado de escribir. El maestro se incorporó para encender las tres velas del candelabro anclado a la pared que iluminaba la estancia. Siempre lejos de los libros y de cualquier material inflamable. Aquella era la única luz artificial que allí estaba permitida, y solo en el caso de que hubiera alguien dentro.

—Sé que ahora mismo estás dándole vueltas a esa idea…, tratando de imaginar de qué manera podríamos alcanzar ese objetivo… ¿Me equivoco? —preguntó, sonriendo.

El joven también sonrió en silencio. El maestro solía acertar cuando jugaba a adivinar sus pensamientos.



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