Diario de un hada by Clara Tahoces

Diario de un hada by Clara Tahoces

autor:Clara Tahoces [Tahoces, Clara]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Fantástico, Infantil, Juvenil
editor: ePubLibre
publicado: 1999-01-01T00:00:00+00:00


En el día del cuervo

Qué práctico medio de transporte! ¡Con qué facilidad se llega a los lugares! Esa especie de espiral, torbellino o como queráis llamarla, porque no sabría daros una definición exacta, tenía la facultad de transportarnos a grandes velocidades hasta lugares remotos. La sensación es similar a cuando un humano está a punto de desmayarse… En ese momento escucháis un pitido muy intenso en vuestra cabeza, la vista se os nubla y poco a poco perdéis el conocimiento. Pues es algo semejante, sólo que no conlleva la impresión desagradable, sino más bien todo lo contrario. Volar es una de las cosas más hermosas que existen en el mundo feérico. Una vez emprendido el viaje, supe que no hacía falta que Tujú me guiase. Como si en mi interior anidase una especie de radar, sabía qué camino tomar. En un momento determinado, cuando ya estábamos entrando en el País Vasco, empezó a ponerse nervioso…

—¡Detente! ¡Alto! —gritó alarmado.

—¿Qué ocurre? ¿No vamos bien encaminados? —quise saber.

—¡Sí! Precisamente por eso. Haz el favor de bajar de inmediato. Alguien nos espera —dijo misteriosamente.

Obedecí y descendí. En cuanto pudo, Tujú saltó de mi hombro y se posó sobre una rama. Justo en ese instante, percibí que el paisaje había cambiado por completo. Era mucho más verde, abrupto y hermoso, como si alguien se hubiese tomado la molestia de recortar la hierba que crecía en los montes para que visualmente pareciera toda igual. Lloviznaba un poco y hacía más frío que en mi lugar de residencia. Se notaba que había más vida en esta área del país, más plantas, árboles, animales.

—¡Fierabrás! ¡Fierabrás! —gritó Tujú—. ¿Estás por ahí?

De pronto, escuchamos un ruido en medio de la vegetación. Algo grande se movía entre las ramas. Poco a poco, una silueta fue cobrando forma y una cabeza elegante y estilizada se dejó ver entre todo aquel verdor.

—Aquí estoy —dijo el animal que salió de entre los arbustos—. Ya puedes marcharte, Tujú, ahora es cosa mía.

—Aura, éste es Fierabrás. Mi jurisdicción termina aquí; él se encargará de ti, al menos por el tiempo que estés en estas tierras —informó el búho.

—Encantada de conocerte —dije—, aunque ya me había acostumbrado a la presencia de Tujú y encontrarme cara a cara con un zorro no era precisamente la idea del viaje que me había forjado.

—¿Qué pasa? ¿Desconfías de mí por ser un zorro o porque no me conoces? —inquirió intrigado Fierabrás al tiempo que sus ojos cobraban una expresión algo malvada.

—Por ninguno de esos motivos —señalé—. Es que nadie me había avisado —dije mirando de reojo al búho.

—Lo olvidé —dijo en un murmullo—. Cuando regreses te estaré esperando de nuevo.

—¡Vamos! —dijo Fierabrás—. ¡No hay tiempo que perder!

Volvimos a efectuar la operación del vuelo, sólo que en esta ocasión ya no me fue preciso subir a ningún árbol; según el zorro, estábamos bastante cerca. Él iría delante y yo debía seguirle.

Fierabrás era un ejemplar de zorro común, muy bello, de hocico estrecho, orejas grandes, tiesas, de cola larga, poblada y blanca por el extremo.



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