Busco mi vida by Ada Miller

Busco mi vida by Ada Miller

autor:Ada Miller [Miller, Ada]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Erótico
editor: ePubLibre
publicado: 1978-01-01T00:00:00+00:00


5

Jean era un tipo fornido, sonriente, barbudo, representante de comercio.

Se hospedaba en el hotel donde ella vivía y a la hora de las comidas por la noche, distraída, sin prestarle demasiada atención, aunque no quisiera se veía obligada a oír la conversación que Jean sostenía sobre temas múltiples con sus clientes.

Rara vez se quedaba Lou de tertulia. Pero aquel día lo hizo fumando distraída un cigarrillo, mientras escuchaba las exclamaciones simpáticas de Jean.

Hablaba de sí mismo, de una soledad en la que vivía y que le gustaba, del sexo y demás derivados y de lo bien que lo pasaba y de los planes que encontraba en sus viajes comerciales.

Hacía una semana escasa que vivía en el hotel y decía que estaba haciendo la plaza de París y que se quedaría aproximadamente seis para recorrerla, pues París no era, según decía él, una «taza de agua».

Lou sabía que entes risa y risa, entre frase y frase, Jean la delineaba con sus negros ojos. Lou había pasado en la abstinencia sexual todo aquel tiempo y si bien recordaba a Valéry, ya no pensaba en él como algo alcanzable, sino lejano y fuera del horizonte de su vida.

Aquella noche, oyendo hablar a Jean del sexo con en señor mayor que se entusiasmaba escuchándole, Lou sintió como un aleteo de nostalgia.

A ella, el acto sexual le había gustado y todo lo que con él conllevaba. Los preliminares, los suspiros últimos, todo… Pero jamás en todo aquel tiempo se le ocurrió empezar de nuevo. Y sin embargo, oyendo a Jean y viéndolo actuar, aquella noche experimentó como un raro hormigueo en la sangre.

En uno de aquellos momentos en que Jean movía el estómago riendo y comentando no sé qué cosa con una mujer de vida alegre, sus ojos se encontraron.

Lou apartó los suyos con presteza, pero al segundo estaba de nuevo mirando a Jean y los ojos de éste la delineaban de nuevo desde las pantorrillas a los muslos y el busto, recreándose en su contemplación.

Lou sintió una sensación extraña, de súbita posesión, romo si las manos de Jean estuvieran ya dentro de ella.

Tanto es así, que se puso bruscamente en pie.

Vestía una falda lisa y un suéter de cuello en pico de fina lana sin nada debajo excepto el sujetador que sostenía túrgidos sus senos. Era hermosa.

Le había crecido el cabello y su melena rabia enmarcaba la cara de rasgos exóticos, donde los ojos verdes parecían luminarias.

Hacía tiempo que su posición de enfermera le daba un cierto relieve personal. Y de la niña desvalida con pantalones vaqueros descoloridos y blusones holgado®, de manos enrojecidas, no quedaba nada.

Había ascendido no hacía demasiado tiempo, su sueldo era mayor y su vida en el hotel y en París se desenvolvía con la suficiente holgura como para sentirse segura de sí misma con su trabajo.

Por supuesto, no volvió por casa de sus padres ni por la consulta del doctor Rubén a quien consideraba jubilado o muerto, ni por la elegante casa de su hermana Naya.

Pero volviendo a aquella noche concreta, Lou se levantó y a paso elástico se acercó a la puerta.



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