Sidi by Arturo Pérez-Reverte

Sidi by Arturo Pérez-Reverte

autor:Arturo Pérez-Reverte [Pérez-Reverte, Arturo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Fiction, Historical, General
ISBN: 9788420435480
Google: DUWfDwAAQBAJ
editor: Penguin Random House Grupo Editorial España
publicado: 2019-09-17T22:00:00+00:00


Regresaban al campamento por la orilla del río cuando la brisa trajo, desde la ciudad, el rumor lejano de los almuédanos voceando el adán en los minaretes de las mezquitas. Ruy Díaz observó que la sombra de los árboles resultaba ya igual a su altura.

—Tercera oración —comentó, deteniéndose.

Yaqub al-Jatib lo miró, agradablemente sorprendido.

—¿No te importa?

—Por favor.

Todavía lo contempló el moro un momento, pensativo. Después, agachándose en unas piedras junto a un remanso del agua, se lavó la cara y las manos; y, tras descalzarse, hizo lo mismo con los pies, hasta los tobillos. Tras pensarlo brevemente, Ruy Díaz se acuclilló a su lado.

—¿Me permites acompañarte?

La sorpresa del otro se trocó en estupor.

—¿Conoces la oración de la tarde?

—Las conozco todas.

—¿También las rakaat?... ¿Los movimientos?

—Sí.

—Pero eres cristiano.

—Rezamos al mismo Dios, que es uno solo —Ruy Díaz empezó a descalzarse, quitándose las huesas—. La ilaha ilalahu... No hay otro dios que Dios, Mahoma es el mensajero de Dios y Jesucristo otro gran profeta... ¿No es cierto?

Asintió el moro, complacido.

—Ésa es una gran verdad.

—No veo, entonces, ninguna razón que nos impida orar juntos.

Se quedó el moro inmóvil y en silencio.

—Eres un hombre extraño, Sidi —dijo al fin.

—No, rais Yaqub —cumpliendo el ritual, Ruy Díaz se pasaba una mano mojada por la cara—. Sólo soy un hombre de la frontera.

Terminada la ablución previa, los dos se pusieron en pie, descalzos, vueltos hacia oriente. Aún asombrado, cual si no acabase de creer lo que veía, Yaqub al-Jatib miraba de reojo a su acompañante, siguiendo con atención cada uno de los ademanes de éste, puntualmente coordinados con los suyos.

—Alahuakbar...

Levantaron ambos las manos hasta los hombros, y tras cruzarlas sobre el pecho se inclinaron poniéndolas encima de las rodillas. Subhana rabbiya al-adim, recitaron al unísono. Samia alahuliman hamidah. Y algo después, prosternados con la frente tocando el suelo, alabaron a Dios por tres veces.

Subhana rabbiya lalawa...

Cuando acabó la oración se calzaron en silencio. Y al incorporarse, sintiendo fijos en él los ojos admirados de Yaqub al-Jatib, el jefe de la hueste supo que acababa de ganarse el corazón de aquel hombre. Y con él, su lealtad hasta la muerte.



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