Divina Comedia by Dante Alighieri

Divina Comedia by Dante Alighieri

autor:Dante Alighieri [Alighieri, Dante]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Poesía, Filosófico
editor: ePubLibre
publicado: 1321-01-01T05:00:00+00:00


CANTO VIGÉSIMO OCTAVO

PARAÍSO TERRESTRE. EL RÍO LETEO. LA MUJER SOLITARIA. ORIGEN DEL AGUA Y DEL VIENTO EN LA DIVINA SELVA. CONDICIÓN DEL LUGAR

Una bella dama, Matilde, explica a Dante las características del Paraíso terrenal.

Deseoso ya de observar en su interior y en sus contornos la divina floresta espesa y viva que amortiguaba la luz del nuevo día, dejé sin esperar más el borde del monte y marché lentamente a través del campo, cuyo suelo por todas partes despedía gratos aromas. Un aura blanda e invariable me oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento suave; a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban trémulas hacia el lado al que proyecta su primera sombra el sagrado monte; pero sin separarse tanto en su derechura, que las avecillas dejaran por esta causa de ejercitar su arte sobre las copas de los árboles, pues antes bien, saludaban a las primeras auras, llenas de alegría, cantando entre las hojas que acompañaban sus trinos haciendo el bajo, con un susurro semejante al que de rama en rama va creciendo en los pinares del llano de Chiassi, cuando Eolo deja escapar el viento sudeste.

Ya me habían transportado mis lentos pasos tan dentro de la selva que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando vi interceptado mi camino por un riachuelo que, corriendo hacia la izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más puras parecerían turbias comparadas con aquéllas, que no ocultaban el fondo aunque corrían oscurecidas bajo una perpetua sombra que no da paso nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos y atravesé con la vista el riachuelo para admirar la gran variedad de sus frescas arboledas, cuando se me apareció, como aparece súbitamente una cosa maravillosa que desvía de nuestra mente todo otro pensamiento, una mujer sola que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que estaba esmaltado todo el camino.

—¡Ah, hermosa dama que te abrasas en los rayos de Amor! Si he de dar crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón, dígnate adelantarte —le dije— hacia este riachuelo lo bastante para que pueda comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde estaba Proserpina y cómo era cuando la perdió su madre y ella perdió sus lozanas flores[193].

Así como bailando se mueve una mujer con los pies juntos y sin separarlos del suelo, poniendo apenas uno delante del otro, de igual suerte se volvió hacia mí sobre las florecillas rojas y amarillas, semejante a una virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis súplicas aproximándose tanto, que llegaba hasta mí la dulce armonía de su canto y sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo en el sitio donde las hierbas son bañadas por las ondas del lindo riachuelo, me concedió el favor de levantar sus ojos. No creo que saliera tal resplandor bajo las cejas de Venus cuando su hijo la hirió involuntariamente.



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