Sangre en la Cuenca by Pilar Sánchez Vicente

Sangre en la Cuenca by Pilar Sánchez Vicente

autor:Pilar Sánchez Vicente [Sánchez Vicente, Pilar]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 2021-02-15T00:00:00+00:00


Los viejos pecados

tienen largas sombras

Madrid, 31 de octubre de 2011

El avión procedente de Kabul aterrizó en Barajas con diez horas de retraso. Llevaban otras siete esperando el enlace a Asturias. Hizo cola dos veces en el mostrador de información sin obtener más que el estado asociado al vuelo en el monitor. Delayed. Retrasado. Felipe iba con su padre y, después de comer, lo dejó sentado mientras iba a realizar las últimas compras.

Un bolso de Loewe, el último modelo, para su madre. Pese a tener varios de la misma marca, o tal vez por eso, era un acierto seguro. Sonrió pensando en ella, en su frivolidad y su cariño sin fisuras. Nacida y criada entre algodones, hija única de padres tardíos y millonarios, a Eva Sotillo le habían consentido todos los caprichos, incluso casarse con aquel mozo de la Cuenca en contra de la voluntad de sus padres, que veían en él al típico arribista y temían que la amase más por su apellido y dote que por sí misma. No andaban descaminados, pese a que ella nunca reconoció el error, por no darles con la razón un tremendo disgusto. No tardaron en aflorar los defectos del donjuán. Carlos Raitán pasaba más tiempo fuera que en casa y toda su actividad se centraba en los negocios, obsesionado por aumentar el patrimonio en lugar de disfrutarlo. Y menos con ella. La lucía como una joya y la colmaba de carísimos regalos, pero nunca le guardó fidelidad. A su juicio, un hombre se medía por los coches y las amantes, exhibiendo siempre de ambos los mejores modelos. En apariencia, sin embargo, se declaraba familiar. Quiso tener más de un hijo, pero su mujer se negó a colmar tal ambición.

El embarazo se convirtió para ella en un sufrimiento, tanto que a los seis meses no volvió a salir de casa. No soportaba verse con aquella prominente barriga, las piernas tan hinchadas y un hambre tan desmedida que la había hecho engordar dieciséis kilos en ese tiempo. Toda la vida pendiente de la dieta y obsesionada por conservar la línea, la alteración corporal le produjo una horrorosa incomodidad consigo misma. Por ende, el parto duró dos días, hasta que decidieron hacerle la cesárea, algo que ella había rechazado de mano. Aquella cicatriz en su vientre, que nunca volvería a ser plano y que la obligó a renunciar al bikini, borró cualquier vestigio de ganas de volver a enfrentarse a la maternidad. Quiso al niño desde que nació, pero se negó a darle de mamar para no estropear el pecho y, harta de acumular ojeras nocturnas, al mes contrató a una niñera. Sacarlo a pasear, al parque, llevarlo al colegio… se convirtieron en actividades esporádicas. Eso sí, cuando tocaba, ella misma lo vestía y peinaba, mientras repetía orgullosa lo guapo que era. Él colgaba de su mano y, de la otra, siempre un bolso de Loewe. En contadas ocasiones el padre los acompañaba y esa excepción formaba parte de sus recuerdos más afortunados. Si se paraba



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