Niágara by Joyce Carol Oates

Niágara by Joyce Carol Oates

autor:Joyce Carol Oates [Oates, Joyce Carol]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama, Psicológico
editor: ePubLibre
publicado: 2004-09-14T00:00:00+00:00


4

A finales de invierno y principios de primavera de 1962, uno a uno sus colegas se alejaron de él.

Un día en el ayuntamiento, Tyler «Spooky». Wenn le miró fija y fríamente, y pasó por delante de Dirk Burnaby sin decir una palabra.

—¡Hola, señor alcalde! —le gritó este mientras el otro hombre se retiraba con rigidez, en una falange de otras espaldas rígidas que se retiraban, los compañeros del alcalde. Dirk lo dijo con voz de burla perfectamente modulada.

Un día Buzz Fitch pasó por su lado. O casi. Se paró a la mesa de Dirk en el Boat Club, sin sonreír. Hizo un breve saludo con la cabeza. La voz grave de Fitch dijo:

—Burnaby.

Dirk levantó la mirada y sonrió con esfuerzo. Pero sabía que era mejor no tender la mano para no ser rechazado.

—Fitch. El señor ayudante del jefe de policía Fitch. ¡Enhorabuena!

(¿Llevaría Fitch un arma, cuando iba con traje y corbata, mientras cenaba en el Boat Club con amigos? Dirk tenía que suponer que sí). Un día Stroughton Howell pasó por su lado; el antiguo amigo de la facultad de derecho, recién nombrado juez Howell del tribunal del distrito, con elegante toga negra de juez vestida con teatral estilo. Sin embargo, la mirada que lanzó a Dirk con los ojos húmedos era, Dirk lo recordaría después, de dolido pesar, cuando Howell se dirigió hacia un ascensor absorto en la conversación con uno de sus pasantes en el gran vestíbulo de alto techo del edificio de los juzgados del condado, mientras Dirk Burnaby se preparaba para salir por una puerta lateral. Howell le miró fijamente y murmuró lo que sonó como «¡Dirk!»; dio la impresión de que iba a decir algo más y luego decidió que no, y siguió su camino.

—Hola, juez Howell —le gritó Dirk.

Pero el juez Howell, que entraba en el ascensor, no miró atrás.

«Enhorabuena por su nombramiento, juez. Estoy seguro de que lo merece, aún más que sus estimados colegas del tribunal».

Y una dolorosa velada en el Rainbow Grand adonde había ido a tomar una copa con su antiguo amigo Clyde Colborne, después de uno de sus largos días. Después de uno de sus muy largos días. Y Clyde Colborne dijo con calma:

—Burn, espero que sepas lo que estás haciendo.

Dirk dijo, irritado:

—No, Clyde. Dímelo tú.

Clyde meneó la cabeza con seriedad. Como si Dirk le estuviera pidiendo demasiado, incluso como amigo.

Dirk dijo:

—Lo que estoy haciendo, Clyde, es seguir mi instinto por una vez. No el camino del dinero. Mi conciencia.

¡La conciencia! Clyde miró a Dirk, alarmado.

—Tú puedes permitirte tener conciencia, Dirk. Eres un Burnaby. Pero eso no durará para siempre. —Clyde se interrumpió, reprimiendo una sonrisa medio fraternal—. Con la sangría que está sufriendo tu práctica profesional apenas durará lo que queda de año.

—No estoy pensando en eso. Estoy pensando en la justicia.

¡La justicia! Como la conciencia, esto mereció una mirada de alarma por parte de Clyde.

Clyde Colborne se estaba convirtiendo con rapidez en la ruina de un hombre apuesto. Conservaba el porte de un chico rico, que jamás ofendía porque siempre te invitaba a unirte a él; conservaba el aire gregario del hotelero.



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