Manos de sangre by S. J. Rozan

Manos de sangre by S. J. Rozan

autor:S. J. Rozan [Rozan, S. J.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 1995-12-15T00:00:00+00:00


26

Cuando llegué a Norwood estaba tan oscuro como para tener que conducir con las luces encendidas. Por el espejo comprobaba las luces que iban y venían y me desvíe una o dos veces para ver si sucedía algo, pero no pasó nada. El tipo seguía perdido, por lo que parecía. Bueno, mejor. Por ahora, mejor.

Norwood es un antiguo barrio de edificios de pisos de ladrillo oscuro, uniformes y grandes. Árboles maduros crecían al borde de anchas aceras, las tiendas vendían periódicos y leche, y las ventanas de los pisos, rectangulares e iluminadas, brillaban con suavidad.

Encontré la calle de Henry Howe y su edificio. Aparqué pasada la manzana, paseé hacia allí y observé el portal a cierta distancia para pillar el ritmo de las entradas y salidas. No había portero, pero era la hora a la que la gente volvía a casa del trabajo, hacía la compra y paseaba al perro. Era un edificio grande. El portal no quedaba vacío el tiempo suficiente como para sentir con seguridad que pasaría desapercibido.

Estaba considerando dos opciones: volver más tarde o encontrar una entrada de servicio con una cerradura que pudiera abrir a escondidas. En ese momento una bicicleta con una gran caja de aluminio delante apareció en la acera. Crucé la calle antes de que el chico que la llevaba la atase al árbol frente al edificio.

—Hola, amigo —le dije mientras me acercaba—, ¿qué tal?

Primero miró la caja de pizza blanca y cuadrada que estaba sacando y luego a mí, y se encogió de hombros.

Me tocó adivinar y le repetí la pregunta en español.

—Sí —asintió—. Anchoas y pimientos verdes. Sí. —Hizo una mueca.

Le dije en español que yo la entregaría por él. Se rio y me sugirió que fuera a la pizzería para pedir lo que quisiera.

—No, no. Esa pizza. ¿Cuánto es?

—Cuesta diez dólares, pero va para el apartamento 6D.

Saqué un billete de diez dólares del bolsillo y le añadí unas monedas de veinte centavos.

—No te apures. Yo te la llevo al 6D.

La pizza olía de maravilla mientras entraba en el edificio. Te apetece una pizza con anchoas, Smith, debes de tener hambre, pensé. El 6D se alegró de que llegara la pizza y yo me alegré de andar rondando por el edificio de Henry Howe.

Recuperé los diez dólares más una propina de un dólar y medio y bajé por las escaleras hasta el cuarto piso, donde vivía Howe.

El pasillo, con una alfombra azul grisácea estampada y de paredes azul grisáceas con relieves, estaba vacío. La puerta del piso de Howe estaba cerca de las escaleras y parecía tan tranquila y hogareña como las de los vecinos. Bueno, pensé, probablemente había tranquilidad. Probablemente no habían ocurrido muchas cosas por aquí los últimos días.

Tal y como sucedieron los acontecimientos, me equivoqué.

Cogí mi barra de tensión y una especie de rastrillo del juego que había traído. Las puertas de los pisos tienden a ser más complicadas que las cerraduras del tipo que había abierto en el Hogar del Bronx, así que vine preparado.

Sin embargo, esta no resultó nada difícil.



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