La felicidad del lobo by Paolo Cognetti

La felicidad del lobo by Paolo Cognetti

autor:Paolo Cognetti [Cognetti, Paolo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 2021-04-14T16:00:00+00:00


20

LOS LEÑADORES

En los bosques, en cambio, no había nepalíes, sino bergamascos y valtelineses y moldavos que hablaban italiano con acento bergamasco o valtelinés. Fausto subía hasta donde había cientos de árboles marcados con una señal roja por los guardias forestales, porque estaban partidos, torcidos, enfermos o a punto de caerse, y oía a los leñadores gritar. También las motosierras tenían una lengua, al cabo de un mes había aprendido a reconocerla: la voz de la Stihl, de la Husqvarna, el tajo en un lado del tronco y el corte principal en el otro. Un motor sonaba más seco, como si se hubieran equivocado de carburante. Un corte fue interrumpido por los golpes de la maza contra la cuña, plantada en la madera para que no mordiese la hoja. Entonces llegó el grito: ¡Cae!, y Fausto se detuvo. Oyó el crujido de la fractura, un ruido siniestro que le empujaba a uno a ponerse a cubierto y, por último, el batacazo de la caída. Que amortiguó la copa ya tupida de junio. Vio dónde había terminado el árbol, no lejos de donde él estaba: entre las ramas de los árboles que seguían en pie se había abierto un pedazo de cielo que antes no se veía, y el sol iluminaba el sotobosque.

Fue al contenedor que hacía las veces de cocina y sacó de su mochila el pan fresco y la compra. Entre cuatro piedras ennegrecidas amontonó las ramitas de alerce que había recogido a lo largo del sendero. Cogió una hoja de pe­riódico, hizo una bola y la prendió, la metió debajo de las ramas y sopló hasta que el fuego se avivó bien. Esa barba de musgo que les crecía a los árboles ardía cuando estaba seca mejor que el papel. El olor del fuego de alerce era el preferido de Fausto: un aroma de los veranos de su infancia que siempre lo devolvía a casa.

Ha llegado el chef, dijo un leñador olfateando el aire.

¡Hola, chef!, gritó otro desde lejos.

Fausto fue hasta la manguera y llenó de agua el caldero de cobre, a continuación lo colocó encima de las piedras. En el contenedor se preparó un café en el camping gas y antes de ponerse manos a la obra tomó una taza delante del fuego. Olor a bosque, fuego, café, gasolina, a los gases del tubo de escape de las motosierras, olor de mañana. ¿En qué día estaba? Era un viernes de finales de junio, se empezaba a estar bien en mangas de camisa. Se preguntó si Silvia tendría frío en el refugio y si podía lavarse el pelo como a ella le gustaba. Si ahí también se lo lavaba cada noche y cómo se las había agenciado para secárselo a 3.500 metros de altura. Luego recordó que solo hacía un año había estado en Milán pasando un calor asfixiante y discutiendo con Veronica, que a lo mejor se había acostado con alguien o a lo mejor no, nunca la había comprendido. Chorreando sudor discutían a voces por qué no ponían aire acondicionado en la casa.



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