La conciencia de Montalbano by Andrea Camilleri

La conciencia de Montalbano by Andrea Camilleri

autor:Andrea Camilleri [Camilleri, Andrea]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 2023-05-25T00:00:00+00:00


* * *

El individuo abrió las hojas de la puerta con sumo cuidado, entró y desapareció de la vista del comisario, que, ante esa situación, no supo qué hacer. ¿Llamaba a la policía? ¿Esperaba a que volviera a salir al balcón y se liaba a dar voces gritando «¡Al ladrón, al ladrón!», con lo que despertaría a todo el patio? ¿Y si en realidad, no era ningún ladrón, cosa que en el fondo ya tenía meridianamente clara? Bueno, muy bien, ladrón no era, pero no podía decirse que estuviera actuando con normalidad. Había que intervenir. Pero ¿cómo? Y de repente encontró la respuesta. Se levantó, se puso la americana y salió a la calle despepitado. Tardó menos de dos minutos en plantarse delante de aquel gran portal, el del edificio de delante del suyo, el de la señora Liliana. Y es que había dos posibilidades: o el sujeto en cuestión salía por allí después de hacer lo que estuviera intentando hacer o no salía. En el segundo caso, se deduciría que vivía en ese mismo edificio y que, gracias a la ayuda de la portera, el comisario podría dar con él. En ese preciso instante se detuvo un coche un poco más allá y bajó una pareja de unos cincuenta años que lo miró con cierto recelo, ya que estaba parado junto al portal de su casa con las manos en los bolsillos y un pitillo en la boca. El hombre sacó la llave, abrió y luego le dijo:

—¿Desea entrar?

—No, gracias, espero a un amigo —contestó Montalbano.

El señor no pareció muy convencido, pero de todos modos entró y cerró. «¿Ahora le va a dar a este por llamar a la policía para decir que ha visto a un individuo sospechoso, se presentan aquí unos agentes y, entre pitos y flautas, consiguen que se me escape el de la azotea?», se preguntó el comisario, preocupado. Miró el reloj. Llevaba ya veinte minutos de guardia delante del portal. Se alejó una decena de pasos y fue a apoyarse contra la persiana metálica de una tienda. Encendió otro pitillo. Le quedaban dos en el paquete y esperaba que el tipo diera señales de vida antes de que se le acabaran. Y entonces, de repente, se abrió la puerta y salió un hombre. Tendría unos cuarenta años e iba bien vestido: reconoció de inmediato al individuo de la azotea, puesto que llevaba una cuerda enrollada en el antebrazo izquierdo. El comisario no se movió. El otro abrió un coche, echó la cuerda en el asiento de atrás, subió, cerró la puerta y estaba a punto de arrancar cuando, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró a Montalbano sentado a su lado.

—No me hagas daño —suplicó con voz temblorosa—. Te doy todo lo que llevo.

Y con esas palabras sacó la cartera. Entonces el comisario se fijó en que el bolsillo derecho de la americana estaba deformado; debía de contener algo pesado. ¿Una pistola? Sin pensárselo dos veces, metió la mano dentro de aquel bolsillo y sacó una cámara de fotos.



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