La Casa Holandesa by Ann Patchett

La Casa Holandesa by Ann Patchett

autor:Ann Patchett [Patchett, Ann]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2019-08-31T16:00:00+00:00


* * *

Maeve y yo estábamos jugando al tenis en la cancha de la escuela secundaria. Ella dijo que nos fuéramos al ver un relámpago. Mi raqueta era de aluminio y me dijo que no estaba dispuesta a ver cómo caía electrocutado durante un servicio, así que nos metimos en el coche y fuimos a la Casa Holandesa, solo para echar un vistazo antes de que anocheciera. El verano estaba por terminar y muy pronto me tocaría regresar a Choate para mi segundo año de internado de secundaria. Los dos nos sentíamos muy desgraciados al respecto, cada uno a nuestro modo.

—Recuerdo la primera vez que vi esta casa —me dijo Maeve, sin venir a cuento. Se cernía sobre nosotros un cielo como de fieltro, a punto de estallar.

—No, no puedes acordarte. Eras muy pequeña.

Maeve accionó ruidosamente la palanca elevalunas del Volkswagen.

—Estaba a punto de cumplir seis años. Tú recuerdas cosas de cuando tenías seis años. De una cosa estoy segura: llegar a una casa como esta es algo que no se olvida.

Tenía razón, claro está. Yo recordaba muy claramente mi vida desde que Peluche me abrió la cabeza con el cucharón.

—¿Cómo fue?

—Papá le pidió prestado el coche a un tipo y nos trajo desde Filadelfia. Debía de ser sábado, o quizá se había pedido un día libre en el trabajo. —Maeve hizo una pausa y miró a través de los tilos, tratando de imaginarse de vuelta en aquel lugar. En verano apenas se veía nada, porque el follaje era muy espeso—. Recuerdo lo mucho que me impresionó la casa cuando subíamos por el caminito de acceso. Esa es la palabra: me impresionó. Tú naciste aquí, a ti te vino dada. Probablemente creciste pensando que todo el mundo vivía en una casa como esta.

Yo negué con la cabeza.

—No. Pensaba que todos los que iban a Choate vivían en casas como esta.

Maeve rio. Me había obligado a ir a un internado, pero le hacía feliz que lo criticase.

—Papá compró la casa sin decírselo a mamá.

—¿¡Cómo!?

—En serio. Se la compró. Fue un regalo sorpresa.

—¿De dónde sacó el dinero?

Ya desde secundaria, como se ve, me obsesionaba aquella pregunta.

Maeve movió la cabeza de un lado a otro.

—Lo único que sé es que estábamos viviendo en la base y papá dijo que íbamos a dar un paseo en el coche de un amigo suyo. Que preparáramos algo para comer y que subiéramos todos al coche. Fue bastante loco ya de por sí. No era muy normal que le pidiéramos prestado el coche a nadie.

La familia estaba formada por ellos tres. Yo ni estaba ni se me esperaba.

Maeve tenía el brazo estirado por encima del asiento y por detrás de mi nuca. Me había conseguido un trabajo en Otterson para ese verano, contando bolsas de maíz y metiéndolas en cajas. Los fines de semana jugábamos al tenis en la cancha de la escuela. Dejábamos las raquetas y una lata de pelotas de tenis en el coche y a veces ella se presentaba durante la pausa de la comida y me raptaba para echar un partido, justo en mitad de la jornada laboral.



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