La aventura de la casa deshabitada by Arthur Conan Doyle

La aventura de la casa deshabitada by Arthur Conan Doyle

autor:Arthur Conan Doyle [Arthur Conan Doyle]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: F
ISBN: 9788726462975
editor: SAGA Egmont
publicado: 2020-04-02T00:00:00+00:00


En el margen había escrito, de la meticulosa mano de Holmes: «El segundo hombre más peligroso de Londres».

—Qué sorprendente es esto —dije mientras le devolvía el ejemplar—. Es la carrera de un respetable soldado. —Cierto —respondió Holmes—, hasta cierto momento se comportó correctamente. Siempre fue un hombre con nervios de acero y en la India todavía se cuenta la historia de cómo se arrastró por una alcantarilla tras un tigre antropófago. Hay algunos árboles, Watson, que crecen hasta cierta altura y que luego, de repente, desarrollan alguna fea excentricidad. Lo observará con frecuencia entre los humanos. Tengo la teoría de que el individuo presenta en su evolución la serie completa de sus antepasados, y que un giro así de repentino hacia el bien o el mal significa alguna influencia poderosa que hereda de su linaje. La persona se convierte, por así decirlo, en la personificación de la historia de su propia familia.

—Desde luego, es bastante extravagante.

—Bien, no insistiré en ello. Sea cual sea la causa, el coronel Moran empezó a ir por el mal camino. Aun sin escándalo conocido, la India se le puso difícil. Se retiró, vino a Londres, y de nuevo adquirió mal nombre. Fue en ese momento cuando el profesor Moriarty trató de localizar a quien sería durante un tiempo jefe de su estado mayor. Moriarty le proporcionaba dinero generosamente, y solo se sirvió de él para uno o dos trabajos de alto nivel que ningún delincuente común hubiese podido acometer. Es posible que guarde algún recuerdo de la muerte de la señora Stweart, de Lauder, en 1887, ¿cierto? Pues bien, estoy seguro de que Moran estaba detrás de ese asunto, pero no se pudo probar nada. El coronel siguió con su tapadera de una manera tan inteligente que, incluso cuando se desarticuló la banda de Moriarty, no pudimos incriminarlo. ¿Recuerda ese día, cuando lo llamé a su cuarto, cómo cerré las contraventanas por miedo a las armas de aire comprimido? Sin duda pensó que era un exagerado. Sabía exactamente lo que hacía, porque sabía de la existencia de esa arma excepcional, y sabía también que uno de los mejores tiradores del mundo podía encontrarse tras su mirilla. Cuando estuvimos en Suiza, nos siguió con Moriarty, y, sin lugar a dudas, fue él quien me obsequió con esos endiablados cinco minutos de la cornisa de Reichenbach. »Puede creer que leí los periódicos con bastante atención durante mi estancia en Francia, a la caza de alguna oportunidad de pisarle los talones. Mientras permaneció en libertad en Londres, mi vida era un auténtico sinvivir. Día y noche su sombra podía precipitarse sobre mí, y más tarde o más temprano le llegaría su oportunidad. ¿Qué podía hacer? No podía pegarle un tiro sin ser visto, o yo mismo acabaría en el banquillo de los acusados. Era inútil apelar a un juez. No pueden entrometerse basándose en lo que les hubiera parecido las sospechas de un loco. Así que no podía hacer nada. Pero seguí las noticias sobre crímenes a sabiendas de que más tarde o más temprano lo atraparía.



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