La amiga estupenda by Elena Ferrante

La amiga estupenda by Elena Ferrante

autor:Elena Ferrante [Ferrante, Elena]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Novela, Otros
editor: ePubLibre
publicado: 2012-01-01T05:00:00+00:00


23

Ya he dicho que de esa noche se me escaparon muchas cosas. Pero sobre todo, arrastrada por el ambiente de fiesta y peligro, por el torbellino de los muchachos cuyos cuerpos emitían llamaradas más ardientes que los fuegos en el cielo, descuidé a Lila. Y fue entonces cuando se produjo su primer cambio interior.

Como ya he dicho, no me di cuenta de lo que le había sucedido, se trató de un cambio difícil de percibir. Aunque de las consecuencias me di cuenta casi enseguida. Se volvió más perezosa. Dos días más tarde, aunque no había colegio, me levanté temprano para acompañarla a abrir la tienda y ayudarla a limpiar, pero ella no se presentó. Llegó tarde, enfurruñada, y paseamos por el barrio evitando la zapatería.

—¿No vas a trabajar?

—No.

—¿Y por qué?

—Ya no me gusta.

—¿Y los zapatos nuevos?

—Les queda mucho por delante.

—¿Y entonces?

Tuve la impresión de que ni ella misma sabía lo que quería. Lo único seguro es que parecía muy preocupada por su hermano, mucho más de cuanto la había visto en los últimos tiempos. Y precisamente a raíz de esa preocupación comenzó a modificar sus comentarios sobre la riqueza. Seguía en pie la urgencia de hacernos ricas, eso era indiscutible, pero la finalidad ya no era la de la niñez: se acabaron las cajas de caudales, el fulgor de las monedas y las piedras preciosas. Ahora era como si en su cabeza el dinero se hubiese convertido en cemento: consolidaba, reforzaba, arreglaba esto y aquello. El dinero arreglaba sobre todo la cabeza de Rino. El par de zapatos que habían hecho juntos, según él, ya estaba terminado y quería enseñárselo a Fernando. Pero Lila sabía muy bien (y según ella también lo sabía Rino) que el trabajo estaba lleno de fallos, que tras examinar los zapatos, su padre los habría tirado. Por eso le decía que era necesario probar una y otra vez, que el camino para llegar a la fábrica de zapatos era duro de recorrer; pero él no quería esperar más, le urgía convertirse en alguien como los Solara, como Stefano, y Lila no conseguía hacer que entrara en razón. De pronto tuve la sensación de que había perdido todo interés por la riqueza en sí misma. Hablaba de dinero sin aquel toque luminoso, no era más que un remedio para evitar que su hermano se metiera en líos. «Yo tengo la culpa de todo —comenzó a reconocer al menos conmigo—, le hice creer que la buena suerte está a la vuelta de la esquina». Pero como no estaba a la vuelta de la esquina, se preguntaba con una mirada aviesa qué debía inventarse para sedarlo.

Rino estaba muy inquieto. Fernando, por ejemplo, nunca le reprochaba a Lila el que hubiese dejado de ir a la zapatería, al contrario: le dio a entender que se alegraba si se quedaba en casa a ayudar a su madre. En cambio, su hermano se enfadó y en los primeros días de enero fui testigo de una agria discusión. Rino se aproximó con la cabeza gacha, nos detuvo por la calle y le dijo: «Ven ahora mismo a trabajar».



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