Hijos de los hombres by James P.D

Hijos de los hombres by James P.D

autor:James, P.D. [James, P.D.]
Format: epub
Tags: Unknown
editor: Unknown
publicado: 2009-12-12T21:56:31+00:00


17

Lunes 15 de marzo, 2021.

Hoy recibí la visita de dos miembros de la Policía de Seguridad del Estado. El hecho de que pueda estar escribiendo esto demuestra que no me arrestaron y que no encontraron el diario. Debo admitir que no lo buscaron; que no buscaron nada. Dios sabe que el diario es suficiente incriminación para cualquiera que esté interesado en descubrir una moral deficiente y una personalidad inadaptada, pero ellos tenían la cabeza en malas acciones más tangibles. Como ya dije, eran dos: un hombre joven, obviamente un Omega –es extraordinario cómo se nota–, y un oficial superior un poco más joven que yo, que llevaba un impermeable y un maletín de cuero negro. Se anunció a él mismo como el Inspector Principal George Rawlings, y a su compañero como el Sargento Oliver Cathcart. Cathcart era saturnino, elegante, inexpresivo: un típico Omega. Rawlings era macizo, de movimientos un poco torpes; tenía unos mechones disciplinados de canas tupidas, que denotaban un corte caro hecho para enfatizar las ondas de los costados y de la nuca. El rostro era de facciones fuertes y los ojos eran chicos, tan hundidos que no se les veía el iris, y la boca era grande, con el labio superior en forma de arco, filoso como un pico. Ambos vestían de civil; los trajes eran de un muy buen corte. En otras circunstancias me habría sentido tentado de preguntarles si iban al mismo sastre.Eran las once en punto cuando llegaron. Los hice pasar a la sala de estar de la planta baja y les pregunté si gustaban un café. Dijeron que no. Cuando les ofrecí asiento, Rawlings se acomodó en una silla junto a la chimenea y Cathcart, después de dudar por un momento, se sentó frente a él, muy tieso. Yo acerqué la silla giratoria al escritorio y la ubiqué para quedar frente a ellos.

–Una sobrina mía –la hija más chica de mi hermana, que no fue Omega sólo por un año– asistió a sus conferencias sobre la vida y la época victorianas. No es una mujer muy inteligente, probablemente usted no la recuerde. Pero tal vez sí. Marion Hopcroft. Era un grupo pequeño, me dijo, que se redujo después de la primera semana. La gente no tiene persistencia. Se entusiasman pero se cansan en seguida, sobre todo si su interés no es estimulado en forma permanente.

En pocas palabras había reducido las clases al rango de charlas aburridas para un grupo decreciente de personas poco inteligentes. Su modo no había sido sutil, aunque dudo que supiera manejarse con sutileza.

–El nombre me suena pero no puedo acordarme de ella –dije.

–La vida y la época victorianas. Siempre pensé que la palabra “época” era redundante. ¿Por qué no decir solamente la vida victoriana? O podría haberlo promocionado como la vida en la Inglaterra victoriana.

–Yo no elegí el título del curso.

–¿No? Qué raro. Hubiera pensado que sí. Creo que debería insistir para ser usted el que elija el título de sus propios cursos.

No le contesté. Estaba casi seguro de



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