El matarife by Sándor Márai

El matarife by Sándor Márai

autor:Sándor Márai [Márai, Sándor]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Drama, Realista, Bélico
editor: ePubLibre
publicado: 2022-03-15T00:00:00+00:00


* * *

De madrugada entraron en V., localidad cuyo breve nombre serbio lleno de consonantes sonaba como un apasionado ataque de ira. Cuando circuló la noticia de que tras los postigos había francotiradores disparando a la avanzadilla, los oficiales dieron luz verde para el pillaje sin cuartel y confidencialmente se corrió la voz de que no se harían prisioneros. De acuerdo con esas instrucciones, antes de salir algunos ajustaron las bayonetas a los fusiles. Otto también. Para entonces ya se había ganado la fama de ser imbatible en la lucha cuerpo a cuerpo. Pero lo que hizo en V. (y no con enemigos armados, ya que tan sólo hallaron campesinos asilvestrados que gimoteaban lacrimosos) forjó su leyenda. Allí se ganó el máximo aprecio de sus superiores. Tras la toma de V. lo ascendieron a cabo y lo propusieron para la Cruz de Hierro.

Pero la fortuna dispuso que recibiera esa condecoración (por aquel entonces aún se laureaba con mesura) más tarde, año y medio después, en el Frente Occidental, cuando ya guerreaba con el rango de sargento y más allá de su unidad era un soldado célebre, no tanto por sus dotes militares entendidas en su sentido más augusto (si se me permite la expresión), sino más bien por la crueldad de la que había hecho gala junto al Marne y, antes, en las ciudades belgas donde habían entrado triunfalmente; pocos como él eran tan diestros en el «tratamiento radical» de las aldeas condenadas a muerte. Fue gracias a ésa maestría que consiguió la insignia en el segundo año de guerra, ayudado, sin duda, por circunstancias especialmente afortunadas. Sucedió tras uno de los lances claves de una carrera bélica rica en acontecimientos extraordinarios; ocurrió en un caserío flamenco, donde unos labradores habían ocultado alimentos a los soldados extranjeros que iban de saqueo, y en cuyos sótanos habían escondido a sus mujeres e hijos, además de encerrarse allí ellos mismos cuando la expedición de castigo encabezada por Otto empezó a buscarlos. Otto abrió la puerta de hierro del sótano con una granada de mano; al estallar el recinto subterráneo emergió un alarido animal tan ensordecedor, un bramido tan enloquecido de mujeres y de niños, unos gritos tan roncos de hombres, que los miembros del destacamento que había rodeado el edificio escucharon con el rostro consternado aquel infierno de veinticinco o treinta voces ajenas a la escala humana. Cuando reventó la puerta de hierro, Otto entró en la oquedad con tres compañeros y los chillidos se intensificaron por un instante, pero luego se volvieron discontinuos y esporádicos hasta apagarse. Sólo quedó el llanto de un niño que tenuemente también enmudeció. Cuando Otto reapareció en el patio del caserío, dentro del sótano ya reinaba un completo silencio. A raíz de ello lo designaron por segunda vez para la Cruz de Hierro. Durante semanas no llegó respuesta hasta que un día, cuando por el nuevo movimiento de tropas su posición quedó alejada del frente, los oficiales empezaron a dar órdenes conminatorias a las compañías con



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