El lobo de Whitechapel by Iñaki Biggi

El lobo de Whitechapel by Iñaki Biggi

autor:Iñaki Biggi [Biggi, Iñaki]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 2022-11-02T00:00:00+00:00


* * *

—Por favor, doctor Winslow, pase, pase —dijo el inspector Abberline abriendo de par en par la puerta de su despacho para que el famoso alienista entrara.

El doctor Lyttelton Stewart Forbes Winslow, con su andar pomposo y pagado de sí mismo, accedió al despacho entregando su elegante chistera y su bastón con puño repujado en plata para que el inspector lo pusiera a resguardo. El alienista era un hombre de estatura mediana, grueso, con la cabeza pelada como un huevo y unas hirsutas patillas canas que se enlazaban con un frondoso bigote. Iba impecablemente trajeado y lucía una pajarita colorida que a buen seguro le suponía un motivo de orgullo.

Abberline había aceptado entrevistar a Winslow siguiendo los consejos del inspector jefe Donald Swanson, que temía que el mediático alienista perjudicara la reputación de la policía con sus inflamados ataques. Swanson opinaba que una reunión con Winslow serviría para calmar su egolatría y de paso averiguar si detrás de todo aquello se escondía un asesino.

—Le presento al inspector Edmund Reid —dijo Abberline, cerrando la puerta y colgando la chistera y el bastón en el perchero—. Colabora en la investigación.

Reid se puso en pie y saludó cortésmente al médico, que se limitó a hacer un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Por favor, si es tan amable —dijo Abberline solícito, mostrando una silla frente a su escritorio. Reid ocupaba un costado del mismo, como si se mantuviera al margen de la conversación que habría de tratarse entre los dos hombres.

El doctor Winslow inspeccionó la silla que se le ofrecía simulando comprobar la existencia de alguna inmundicia que le pudiera arruinar su costoso traje; cuando decidió que la prenda sobreviviría a la experiencia, tomó asiento lentamente.

—Bueno, doctor Winslow, espero que sepa perdonarnos la tardanza al recibirlo —comenzó Abberline, que también había tomado asiento—. Ya sabe cómo son estas investigaciones. Mucho trabajo y pocos hombres para llevarlo a cabo.

—Desde luego —repuso el alienista alzando las cejas en un gesto displicente—. Confío en que semejante torpeza no tenga funestas consecuencias.

—Por supuesto, doctor —dijo el inspector Abberline mostrándose conciliador.

Quedaba claro que Winslow iba a seguir ignorando la presencia del inspector Reid, a quien a buen seguro consideraba indigno de su mente preclara. El doctor debía de haberse sentido profundamente dolido al saber que no sería recibido por el comisionado en persona ni, en ausencia de este, al menos por el inspector jefe del Departamento Central. Había dado por supuesto que el cuerpo de policía se mostraría sumamente agradecido al poder contar con un destacado especialista como él y que sería entrevistado en su propio gabinete, o tal vez en la sede central de Scotland Yard. Sin embargo, había tenido que tragarse el orgullo y aceptar ser recibido por un simple inspector en una precaria comisaría del East End.

—Quiero que sepa, doctor Winslow, que hemos seguido al pie de la letra sus acertados consejos respecto de investigar a los internos fugados o puestos en libertad de los hospitales mentales.

El pecho del alienista amplió su circunferencia varios centímetros. Era evidente que captar la ironía no era una de sus virtudes.



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