El expediente archer by Ross MacDonald

El expediente archer by Ross MacDonald

autor:Ross MacDonald [MacDonald, Ross]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Conte, Policier
publicado: 2007-01-12T23:00:00+00:00


EL SUICIDIO

La encontré en el tren Daylight. O tal vez ella me encontró a mí. Con las chicas más finas nunca se sabe.

Parecía muy fina y muy joven. Tenía una nariz graciosa y unos ojos azules muy abiertos, la clase de ojos que a los hombres les gusta llamar inocentes. Su pelo bullía como oro hirviendo alrededor de su pequeño sombrero azul. Cuando se apartó de la ventana para oír mis incesantes comentarios sobre el paisaje y el tiempo, desprendió aromas primaverales en dirección a mí.

Se reía en los momentos adecuados con un ligero frenesí. Sin embargo, entretanto, cuando la conversación decaía, veía en sus ojos un cierto pesimismo, un aire de preocupación en torno a su boca como los efectos de un invierno prematuro. Cuando le pedí que viniera conmigo al coche restaurante a tomar una copa, dijo:

—Oh, no. Gracias. De ninguna manera.

—¿Por qué no?

—En primer lugar, todavía no tengo veintiún años. No querrá contribuir a la corrupción de una menor, ¿verdad?

—Me parece una empresa agradable.

Ella se tapó los ojos y se apartó. Las colinas verdes se precipitaban hacia atrás al otro lado de la ventana del tren como delfines gigantescos contra el fondo azul del mar. El sol de la tarde brillaba en su pelo. Esperaba no haberla ofendido.

No la había ofendido. Al cabo de un rato se inclinó hacia mí y me tocó el brazo de forma vacilante con las puntas de los dedos.

—Ya que es usted tan amable, le diré lo que me apetece. —Arrugó la nariz de forma ansiosa—. Un sándwich. ¿Cuesta mucho más caro que una copa?

—Marchando un sándwich.

De camino al coche restaurante, llamó la atención de todos los hombres del tren que no estaban dormidos. Incluso algunos de los que dormían se movieron, como si al pasar ella les hubiera inducido un sueño. Yo censuré mi sueño particular. Era demasiado joven para mí, demasiado inocente. Me dije que mi interés era estrictamente paternal.

Me dijo que le pidiera un sándwich de pavo, todo de carne blanca, y se puso a tamborilear con los dedos en el mantel hasta que llegó. El sándwich desapareció en un segundo. Estaba hambrienta.

—Cómete otro —dije.

Ella me lanzó una mirada que no era exactamente calculadora, sino solamente interrogativa.

—¿De veras cree que debería hacerlo?

—¿Por qué no? Tienes mucha hambre.

—Sí, pero… —Se ruborizó—. No soporto pedir a un extraño… ¿sabe?

—No hay ningún compromiso personal. Me gusta ver que la gente con hambre come.

—Es usted muy generoso. Y yo tengo mucha hambre. ¿Seguro que puede permitírselo?

—El dinero no es problema. Acabo de cobrar mil dólares en San Francisco. Si te apetece una cena completa, puedes decirlo.

—Oh, no. No podría aceptarlo. Pero le confesaré que me comería otro sándwich.

Hice una señal al camarero. El segundo sándwich desapareció como lo había hecho el primero mientras yo bebía café. También se comió las aceitunas y las rodajas de pepinillo.

—¿Te encuentras mejor ahora? Estabas un poco paliducha.

—Mucho mejor, gracias. Me da vergüenza reconocerlo, pero no había probado bocado en todo el día. Y desde hace una semana ando escasa de comida.



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