Ciudad de ratas by Raúl Sánchez García

Ciudad de ratas by Raúl Sánchez García

autor:Raúl Sánchez García [Sánchez García, Raúl]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 2020-12-02T00:00:00+00:00


* * *

El número 9 de Paseo Pujadas era un imponente edificio blanco de cuatro plantas y amplios ventanales más acorde con un bloque de pisos que con una empresa. La acera arbolada había sido invadida por una masa de curiosos, invitados y periodistas que se arremolinaban frente a la puerta de acceso donde dos porteros grandes como osos embutidos en trajes chaqueta comprobaban con recelo la documentación presentada.

—Espero que no se fijen mucho en la foto del carné —dije, sacudiendo el mentón hacia los gorilas mientras caminábamos hacia la muchedumbre.

—Bah, no te preocupes. Esos tipos solo miran que el nombre de la tarjeta aparezca en su lista de invitados. El resto les da igual. Créeme.

Asentí y nos pusimos a la cola. Delante teníamos a dos tipos más arios que una jodida tribu de vikingos. Altos, tez blanca, cabello rubio casi dorado y ojos más que azules. Hablaban en alemán y reían a carcajada limpia. Cuando uno de ellos se giró hacia nosotros para comprobar hasta dónde llegaba el gentío pude leer la acreditación que colgaba del bolsillo del abrigo: Deutsche Warte. Hice un ligero movimiento para llamar la atención de Ramón. Cuando el rubiales se volvió, el redactor susurró:

—Con tantos cabezas cuadradas en la cola parece que nosotros seamos los guiris.

Disimulé una risotada como pude y saqué la cabeza de la fila. Al mirar hacia la puerta vi cómo el alcalde, el señor Mateu, y un largo séquito de trajes caros y grandes pamelas entraban en el edificio.

Un cuarto de hora después nos tocó a nosotros.

El gorila comprobó el nombre de la acreditación en su lista de invitados con el entusiasmo de quien pasa ocho horas atornillando tuercas, lo subrayó y me obligó a enseñarle qué había dentro de la bolsa negra. Tras examinar las cámaras y los rollos llamó a una bella muchacha que había en recepción y esta nos condujo ante una consigna. Guardé la cajita Agfa en el bolsillo del pantalón, me colgué la Leica al cuello y le di la bolsa. La azafata me entregó un llavero de plástico con el número ocho a cambio, metió nuestras pertenencias en el casillero y nos indicó cómo llegar hasta la sala de actos.



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