Una dulce herencia by Elena Bargues

Una dulce herencia by Elena Bargues

autor:Elena Bargues [Bargues, Elena]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Romántico
editor: ePubLibre
publicado: 2019-06-12T16:00:00+00:00


20

Me desperté entrada la mañana. El silencio era absoluto en la casa. Yo me encontraba en paz conmigo misma. Cuando la noche anterior fui sincera y reconocí mi error, me tranquilicé. Todo era producto de una mente febril alimentada por los buenos deseos de las personas que me apreciaban. Abrí las contraventanas y entró el sol. Giré la falleba y abrí la ventana para que entrara el aire, el ronco sonido del mar y el graznido de las gaviotas. ¡Qué diferencia con Madrid! Echaría de menos el Sardinero, la naturaleza en estado salvaje.

Me aseé en el palanganero y me puse ropa corriente para ayudar a poner orden en la casa. Fue el trabajo más duro: limpiar y correr muebles. Leo, como un caballero, prestó su ayuda a Ramón, el mayordomo, en las faenas más pesadas, mientras el lacayo barría los excrementos de caballo en el exterior, de los escasos carruajes que se acercaron. La limpieza de las calzadas sería una de las ventajas de los coches a gasolina, además de la velocidad. Ruth desayunó en la habitación y desapareció a media mañana, con la cabeza bien alta para mostrar su desacuerdo con las labores propias del servicio. A doña Amparo y a doña Brígida las envié a la cocina a secar la vajilla y la cristalería y yo, al frente de las tres doncellas, limpié y recuperé el comedor y el salón habituales.

Comimos tarde y echamos la siesta, así que me quedó el tiempo justo para arreglarme y acudir a la cita con los hermanos en la horchatería. El día se había debatido entre nubes y ratos de sol. En ese momento ganaban las nubes, por lo que el calor ofrecía una agradable tregua. Con la sombrilla cerrada, avancé hacia la mesa que ocupaban mis amigos en animada conversación a juzgar por las expresiones de sus rostros.

—¿Interrumpo algo importante? —pregunté a la vez que Rodrigo se levantaba, pero no le di tiempo a más porque tomé asiento y él regresó a su postura habitual con las piernas cruzadas.

—Una noticia terrible, Alba —tomó la palabra Eva—. Una de las criadas del hotel París se ha suicidado. —Levanté las cejas asombrada, pero sin abrir la boca a la espera de más detalles—. Estaba embarazada y los patrones la iban a poner en la calle al final del verano, así que escribió a la familia y no han querido saber nada de ella y de su desagradable situación.

—¡Qué horror! —exclamé furiosa—. ¿Cómo se puede rechazar a una hija? El espíritu cristiano se queda dentro de las paredes de la iglesia, porque fuera de ellas no se practica mucho la compasión entre las personas —critiqué.

—Cierto, aun así muchas mujeres en esa circunstancia recurren a una inclusa —comentó Rodrigo— en lugar de quitarse la vida. Hay algo más.

—¿Tú crees? —interrogó Eva a su hermano—. ¿En qué te basas para tal afirmación?

—Pasaba por delante del hotel esta mañana, justo en el instante en que llegaba el juez instructor, al que conocía, y me invitó a echar un vistazo.



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