Y Julia retó a los dioses (Spanish Edition) by Santiago Posteguillo

Y Julia retó a los dioses (Spanish Edition) by Santiago Posteguillo

autor:Santiago Posteguillo [Posteguillo, Santiago]
La lengua: spa
Format: epub
ISBN: 9788408226086
editor: Grupo Planeta
publicado: 2020-03-03T03:00:00+00:00


XXXVII

ABRACADABRA

Cámara de la emperatriz

Media hora después

Julia Domna estaba tumbada en su cama. Galeno vio que la esclava Lucia tomaba asiento junto a la emperatriz. Estaría bien atendida.

—Que se me llame en cuanto despierte o si tiene fiebre —dijo el médico—. Y hay que aplicar este ungüento de centaurea varias veces al día sobre la herida. Ayudará a que cicatrice antes.

Lucia asintió varias veces.

Galeno entregó un frasco con aquel líquido espeso cicatrizante y salió de la habitación. En el exterior estaba el jefe del pretorio con una veintena de hombres armados.

—No creo que el emperador Antonino tuviera deseo alguno de atacar a la emperatriz —se explicó Quinto Mecio—. La hirió porque ella se interpuso entre él y el augusto Geta, pero dejaré aquí a todos estos hombres de guardia. Por si acaso. Son de mi plena confianza. Y yo mismo permaneceré en el palacio, pero la verdad es que, si pudiera hacer algo más para ayudar a la emperatriz, me sentiría mejor. Es horrible esta sensación de impotencia, de no poder hacer nada por alguien a quien... a quien... uno...

Pero, prudente, en un momento de lucidez en medio de la confusión de aquella aciaga jornada, el prefecto no terminó la frase.

Galeno podía percibir el sentimiento detrás de las palabras de aquel jefe de la guardia, y decidió ayudarlo a escapar del laberinto en el que el prefecto se había metido con sus palabras.

—A quien uno respeta... tanto —dijo Galeno.

—Eso es, sí —aceptó Mecio de inmediato.

—Todos en Roma respetan y hasta admiran a la augusta Julia —añadió Galeno—; incluso sus enemigos. Tu sentimiento es comprensible. Pero has obrado con diligencia y lealtad hoy y estoy seguro de que la emperatriz, cuando se recupere, tendrá en cuenta tu valía y tus acciones en su justa medida.

El prefecto no dijo nada. Se limitaba a mirar al suelo.

—Pero sí hay algo más que puedes hacer —añadió el médico y captó, al instante, la atención del jefe de la guardia—: cuando la emperatriz despierte necesitará a alguien que le sea leal con quien hablar, a alguien de su propia familia, quiero decir, con quien desahogarse después de tanto sufrimiento físico y mental. Si el vir eminentissimus consiguiera que Julia Maesa, la hermana de la emperatriz, estuviera al lado de la augusta cuando esta despertara, estoy convencido de que eso supondría un gran alivio para la mater patriae.

Quinto Mecio cabeceó una vez, despacio, y se llevó el puño al pecho.

—Me ocuparé de ello.

—Bien —dijo Galeno—. Voy a descansar un poco. Me hago viejo para tanta locura.

Atrios porticados. Cadáveres. Pretorianos armados por todas partes. El paisaje del palacio imperial de Roma parecía no modificarse nunca. Solo cambiaban sus ocupantes. La eterna rueda de inquilinos henchidos de ansia que, en su mayoría, terminaban muertos en alguna de las múltiples estancias de aquel inconmensurable edificio seguía girando sin fin. Calígula, Domiciano, Cómodo, Pértinax, Juliano, Geta...

De pronto, el veterano médico recordó algo. Se llevó la mano debajo de la túnica y extrajo el amuleto que había cogido de la mano del augusto Geta.



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