Fake News de la antigua Roma by Néstor F. Marqués

Fake News de la antigua Roma by Néstor F. Marqués

autor:Néstor F. Marqués [Marqués, Néstor F.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Divulgación, Historia
editor: ePubLibre
publicado: 2018-12-31T16:00:00+00:00


EL HOMBRE TRAS LA MÁSCARA DEL PRINCEPS

En las páginas anteriores hemos ido desentrañando, a través de diversos episodios de su vida y de la historia romana, la figura de ­Augusto, su personalidad y el cambio radical que dio a su propia imagen con el paso de los años. De manipulador, ambicioso e implacable a venerable figura respetada y querida por todos, Augusto fue una de las mentes más brillantes de su tiempo. Ahora que comprendemos su personalidad, aunque en el transcurso del relato ya hemos vislumbrado algunos rasgos, vamos a conocer un poco más al hombre que se ocultó durante toda su vida detrás de la figura que proyectaba de sí mismo.

In capite comendo tam incuriosus, ut raptim compluribus simul tonsoribus operam daret ac modo tonderet modo raderet barbam eoque ipso tempore aut legeret aliquid aut etiam scriberet. Vultu erat vel in sermone vel tacitus adeo tranquillo serenoque […] Oculos habuit claros ac nitidos, quibus etiam existimari volebat inesse quiddam divini vigoris […]; sed in senecta sinistro minus vidit; dentes raros et exiguos et scabros; capillum leviter inflexum et subflavum; supercilia coniuncta; mediocres aures; nasum et a summo eminentiorem et ab imo deductiorem; colorem inter aquilum candidumque; staturam brevem —quam tamen Iulius Marathus libertus et a memoria eius quinque pedum et dodrantis fuisse tradit—, sed quae commoditate et aequitate membrorum occuleretur, ut non nisi ex comparatione astantis alicuius procerioris intellegi posset.

Era tan indiferente con respecto al cuidado de su pelo que hacía que varios barberos trabajaran al mismo tiempo y a toda prisa, unas veces se hacía recortar la barba y otras, afeitar, y hasta en esos momentos aprovechaba para leer o escribir algo. Tenía una expresión tan tranquila y serena, lo mismo si hablaba como si se quedaba callado […] Sus ojos eran vivos y brillantes y por ellos quería que se le considerase poseedor de una fuerza divida […] Pero en su vejez no veía muy bien por el ojo izquierdo. Tenía los dientes separados, pequeños y desiguales; el cabello, ligeramente rizado y tirando a rubio; las cejas, juntas; las orejas, medianas; la nariz, prominente en la base y recogida en la punta; la tez, entre morena y blanca, y la estatura, pequeña [no obstante, Julio Marato, liberto y cronista suyo, cuenta que medía cinco pies y tres cuartos, 1,70 metros aproximadamente], pero la disimulaba la perfecta proporción de sus miembros, que la hacía pasar inadvertida a no ser que se le comparara con alguien más alto que estuviera de pie a su lado.

(Suetonio, Vidas de los doce Césares, «Vida del Divino Augusto» LXXIX).

Este texto fue escrito más de un siglo después del momento en el que nos encontramos, cuando el Imperio ya era un modelo perfectamente fijado y que tenía a Divus Augustus Pater —la figura divinizada en la que se transformó a Augusto tras su muerte— como el referente fundamental de la virtud. En él podemos ver una interesante mezcla de elementos que nos permiten contemplar al Augusto de carne y hueso, maquillado y oculto, casi literalmente, bajo un velo de idealización que intuimos en justificaciones como la de su estatura.



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