Rosaura a las diez by Marco Denevi

Rosaura a las diez by Marco Denevi

autor:Marco Denevi [Denevi, Marco]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 1955-01-01T05:00:00+00:00


10

Y con esto termina, señor, lo que yo podría referirle. Ayer se casaron.

Me acuerdo que, unos días antes, estábamos yo, Clotilde, Enilde, Rosaura y la señorita Eufrasia sentadas en el patio, tomando el fresco. Hablábamos de la boda.

—Saldremos sigilosamente para el Registro Civil —decía yo, dirigiéndome a Rosaura— y a ver después quién va a oponerse a que usted y Camilo sean el uno para el otro y para toda la vida. A propósito del Registro Civil: yo y Coretti seremos los testigos. Yo, por usted, y Coretti por Camilo. Y usted, dígame una cosa, ¿tiene documentos de identidad?

—¿Yo?

—A ver si se vino sin ninguno y hay que aplazar la boda.

—Tengo la cédula.

—Ah, es suficiente.

Me acuerdo que nosotras seguimos conversando. Pero Rosaura se había quedado pensativa. Y después de un rato de estar haciendo pliegues al género de su pollera empezó a hablar, pero tan bajo, que nosotras, que discutíamos no sé qué, no nos dimos cuenta. La única que le prestó atención fue Clotilde:

—¿Cómo dice, Rosaura?

Todas nos callamos.

—No, nada. Decía que. Ustedes me llaman Rosaura, como yo firmaba las cartas, pero…

—Ah, no me lo diga —exclamé—. Si yo me lo imaginaba. Usted no se llama Rosaura.

—Es un nombre que convinimos con él, para despistar.

—Me lo imaginaba, me lo imaginaba. ¿Y cómo se llama usted?

—Marta.

—Precioso nombre. Más lindo que Rosaura.

—¿Marta qué? —preguntó Clotilde.

—Marta Córrega.

—¡Ah, ah!

—¿Y Camilo sabía que usted se llama Marta Córrega? —insistió Clotilde.

—¡Cómo no iba a saberlo! —dijo Rosaura.

—¡Cómo no iba a saberlo! —dije también yo—. Claro que sí. ¡Sólo que es un zorro! Decía que ignoraba su apellido y no nos quiso dar ni su dirección. ¿Y todo sabe para qué? Para que no nos entrometiésemos, según él.

—¿Y en dónde vivían, ustedes? —volvió a pregunta Clotilde.

—En Belgrano —contestó secamente Rosaura.

—Sí, ¿pero en qué calle?

Rosaura lanzó una exclamación ahogada y se cubrió el rostro con las manos. No querría recordar la imagen de aquella casa en la que tanto había sufrido. ¡Y esta Clotilde, aposta, escarbándole la herida! Le dirigí una miradita de esas que mis hijas tan bien conocen.

Nos pusimos a hablar de otra cosa. Rosaura se quitó las manos de la cara. Entonces le tocó el turno a Enilde.

—¿Por qué no nos trae la cédula? —dijo, con su aire inocente—. Nos gustaría ver qué tal salió.

¡Qué hijas tengo! Cuando una la soltaba, la agarraba la otra. Rosaura se levantó y fue a su cuarto.

—¿Para qué diablos se la pides? —le pregunté a Enilde. No me respondió. Se miraba con Clotilde.

—Para ver qué edad tiene —contestó, por ella, la señorita Eufrasia, que hasta allí había estado muda, porque creo haberle dicho que delante de Rosaura no abría la boca.

—¡Todavía andan con eso! —exclamé. Pero tuve que callarme, porque ya volvía Rosaura con la cédula.

Les hubiera usted visto la cara a mis hijas. Según la cédula, Rosaura tenía, exactamente, veinticinco años y dos meses.

Ayer se casaron. Fuimos al Registro Civil en automóvil, cuidando que nadie nos viera. Pero no hubo ningún contratiempo. A la noche, seguros ya de haber vencido, hicimos una pequeña fiesta.



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