Retorno a Roissy by Pauline Réage

Retorno a Roissy by Pauline Réage

autor:Pauline Réage [Réage, Pauline]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Erótico
editor: ePubLibre
publicado: 1968-12-31T16:00:00+00:00


* * *

Aquel primer día, O fue encadenada en su dormitorio después de medianoche. Por la tarde, se quedó en la biblioteca, llevando el hermoso vestido amarillo y gris cubierto de tafetán del mismo color, que cogía con los dos brazos para levantarlo cuando le ordenaban alzarse las faldas. Noelle, vistiendo unas ropas parecidas, aunque rojas, estaba con ella, y también otras dos chicas rubias, cuyo nombres Noelle no le dijo hasta que las dos estuvieron solas por la noche: la regla del silencio era siempre absoluta en presencia de un hombre, fuera quien fuera, amo o criado. Eran las tres en punto cuando las cuatro chicas entraron en la estancia vacía, con todas las ventanas abiertas de par en par. La temperatura era agradable, el sol daba en el muro del edificio principal, sus reflejos alumbraban una de las paredes cubiertas de hiedra. Y O se engañaba, la pieza no estaba vacía: había un criado, montando guardia junto a la puerta. O sabía que no debía mirarlo: pero no se podía contener, y haciendo lo posible por no mirarlo más arriba de la cintura, sintió que le volvían el pánico y la fascinación que había sentido un año antes: no, no había olvidado aquello y, sin embargo, ahora la sensación era peor que en el recuerdo, ese sexo tan libre dentro de una bolsa, y tan visible entre los pliegues de los negros calzones ceñidos, como los que se ven en las tablas del siglo XVI: eso y las correas de la fusta colgando de la cintura. Al pie de los sillones había unos taburetes. O se había sentado en uno de éstos, al igual que las otras tres chicas, el vestido extendido en torno a sí. Y desde abajo miraba, justo en frente de ella, al hombre inmóvil. El silencio era tan pesado que O ni siquiera se atrevía a mover sus ropas: la seda crujía ruidosamente. Lanzó un grito al oír un ruido repentino: un joven moreno y rechoncho, vistiendo ropas de montar, con un látigo en la mano y espuelas doradas en las botas, había entrado saltando por la ventana.

—Hermoso espectáculo —dijo—, sois muy listas, ¿no tenéis ningún amante? Hace un cuarto de hora que os miro por la ventana. Sin embargo, la chica de amarillo —agregó, paseando el mando del látigo por los senos de O, estremecida—, no es tan lista.

O se levantó. Justo en ese momento entró Monique, con el vestido de satén malva recogido delante, sobre la pelvis, donde un triángulo de lanilla negra marcaba el comienzo de los largos muslos que O sólo había visto al revés. La seguían dos hombres. O reconoció al que marchaba delante: era el mismo que el año anterior le había anunciado el reglamento de Roissy. Él también la reconoció y le sonrió.

—¿La reconoce? —preguntó el joven.

—Sí —respondió el hombre—. Se llama O. Lleva la marca de Sir Stephen, que la obtuvo de René R. Estuvo aquí algunas semanas el año pasado, usted aún no estaba aquí. Si la desea, Franck…

—La verdad, no lo sé —dijo Franck—.



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