Nocturno Belfegor by Antonio Malpica

Nocturno Belfegor by Antonio Malpica

autor:Antonio Malpica [Malpica, Antonio]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Terror, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 2014-02-15T00:00:00+00:00


Capítulo dieciocho

Guillén le confesó a Sergio, durante el camino de regreso, que si lo que estaba desatando los horribles suicidios era escuchar el nocturno, las proporciones que adquiría el caso eran espantosas. En el breve trayecto de la Zona Rosa a la calle de Roma agotó tres cigarros, uno detrás de otro.

No que a Sergio no le importaran las nefastas descripciones que hacía Guillén del caso, pero en todo momento se mantuvo al margen, sin hacer un solo comentario, solo presionando sus párpados con los dedos de una mano. Y Guillén, nervioso, aturdido, no dejaba de preguntarle cómo se sentía para volver enseguida a su preocupación por hablar con Morné durante el día.

Frente a su casa, Sergio se apeó del auto tratando de tranquilizar al teniente, fingiendo que se sentía bien cuando, en el fondo, presentía que se acercaba a una horrible muerte, que la visión de hacía unos minutos no era sino una admonición de su inevitable final. Le hubiera pedido que se quedara con él pero supuso que con la presencia de Alicia bastaría para intentar luchar contra lo que tuviese que enfrentar. Además estaba lo de Morné y…

—Gracias, teniente. Cualquier cosa yo le llamo.

Se despidieron parcamente y Sergio entró, arrastrando los pies, a su edificio. A su casa. Con la lentitud de los que andan hacia el cadalso.

No contaba, desde luego, con que Alicia se hubiera marchado también. Una nota fue todo lo que se encontró sobre la mesa del comedor. «Fui a dar el abrazo a unas amigas. Vuelvo para la cena».

Trató de no dar importancia al hecho de encontrarse solo. A fin de cuentas, no había indicios de que pudieran ocurrir cosas horribles en un ambiente tan luminoso, tan matutino.

Fue a su recámara y encendió su computadora nueva. En la calle se escuchaba ruido de automóviles, de gente, pero todo de una manera muy apagada, como si la ciudad se hubiera empeñado en no despertar por completo, como si la verdadera forma de celebrar el día fuera rindiéndose a la pereza. Mientras el sistema operativo terminaba su secuencia de arranque, se preguntó si tendría que dar esa batalla por sí solo, si no valdría la pena buscar a Brianda o a Jop.

Apareció el icono del archivo de texto que creó en el Escritorio de la computadora. Sonrió ante la perspectiva de tener que hacer una especie de testamento a sus trece años. El viento que se colaba por la ventana era bastante ligero, apenas un soplo, nada temible había en él. Lo mismo su habitación, sus cosas, todo tenía un aire tan inofensivo que quería empeñarse en creer que acaso nada horrible ocurriera, y que aun la opresiva angustia que sentía fuera más una invención que un sentimiento real.

Abrió el cajón del escritorio y extrajo el anillo que le obsequió Brianda. Se había propuesto no usarlo por miedo a perderlo o a que se lo robaran. Sin embargo, el solo verlo le producía esa sensación placentera y desconocida que había experimentado el día anterior. Se



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