Marcovaldo by Italo Calvino

Marcovaldo by Italo Calvino

autor:Italo Calvino [Calvino, Italo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Humor
editor: ePubLibre
publicado: 1962-12-31T16:00:00+00:00


Invierno

12. Una equivocación de parada

Para quien detesta la casa inhóspita, el refugio preferido en las veladas frías es siempre el cinematógrafo. La pasión de Marcovaldo eran las películas en color, sobre la pantalla panorámica que permite trazar los más dilatados horizontes: praderas, montañas rocosas, selvas ecuatoriales, islas en que se vive coronado de flores. Se veía la película dos veces, salía solo cuando cerraban el local; y en su magín seguía habitando aquellos paisajes y respirando sus colores. Pero al volver para casa en la noche lloviznosa, el aguardar en la parada el tranvía número 30, el comprobar que su vida ya no conocería más escenario que tranvías, semáforos, vivienda en semisótanos, fogones de gas, ropa tendida, almacenes y sección de titulaje, le iban desvaneciendo el esplendor de la película en una tristeza desteñida y gris.

Aquella noche el film que había visto se desarrollaba en las selvas de la India: del suelo pantanoso se alzaban nubes de vapores, y las serpientes reptaban por las lianas y se encaramaban a las estatuas de antiguos templos engullidos por la jungla.

Al salirse del cine abrió los ojos en derredor, volvió a cerrarlos, a abrirlos otra vez: no veía nada. Absolutamente nada. Ni siquiera a un palmo de sus narices. En las horas que permaneció allá adentro, la niebla había invadido la ciudad, una niebla espesa, opaca, que envolvía las cosas y los sonidos, trastocaba las distancias en un espacio sin dimensiones y barajaba las luces en la oscuridad transformándolas en relumbres sin lugar ni forma.

Marcovaldo se dirigió maquinalmente a la parada del 30 y dio de narices contra el poste del cartel. En aquel momento cayó en la cuenta de que era feliz: la niebla, al borrar el mundo en torno, le permitía conservar en sus ojos las visiones de la pantalla panorámica. Incluso el frío parecía mitigado, como si la ciudad se hubiera echado encima una nube a guisa de manta. Marcovaldo, arropado en su gabán, se sentía a cubierto de cualquier sensación exterior, disponible en el vacío, y podía colorear este vacío con imágenes de la India, del Ganges, de la jungla de Calcuta.

Llegó el tranvía, evanescente como un fantasma campanilleando lentamente; las cosas existían en su mínima proporción imprescindible; para Marcovaldo hallarse aquella noche al fondo del tranvía dando la espalda a los demás pasajeros, fijando la vista más allá de los cristales en la noche vacía, atravesada solo por indistintas presencias luminosas, tal cual sombra más negra que la oscuridad era la situación ideal para soñar despierto, para proyectar ante sí y adondequiera que fuese un film ininterrumpido sobre una pantalla sin límites.

Fantaseando de esta suerte había perdido la cuenta de las paradas; de pronto se preguntó dónde estaría que el tranvía se quedaba casi vacío; escrutó a través de los cristales, interpretó los clarores que se insinuaban, dedujo que su parada era la próxima, se apuró hacia la salida en el último momento, se apeó. Echó un vistazo en derredor buscando algún punto de referencia. Pero las pocas sombras y luces que sus ojos alcanzaban a percibir no se componían en ninguna imagen conocida.



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