Koroleva by Rose Gate

Koroleva by Rose Gate

autor:Rose Gate [Gate, Rose]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Aventuras, Erótico
editor: ePubLibre
publicado: 2022-02-01T00:00:00+00:00


32

El puerto

Aleksa

Llevábamos dos horas en el puerto recabando información.

Por fortuna, vi a uno de nuestros agentes en el dispositivo. Eso nos facilitaría bastante la faena. Andrey estaba de un humor de perros, no me habló desde que entramos en el coche, y si intentaba hacerlo, me ofrecía su total indiferencia.

Cuando el agente de homicidios que Romeo tenía comprado me vio, le hice un gesto para que se desmarcara del resto. Me devolvió la señal con la mano y un movimiento de cabeza que supe interpretar con comodidad.

Me pedía cinco minutos y que me fuera a la zona de las cajas contenedoras, donde tendríamos la privacidad suficiente que nos alejara de ojos y oídos curiosos.

Segarra llevaba un par de años trabajando para nosotros, nunca nos dio problemas, era un tipo discreto y nada bocazas, al que le gustaba demasiado el dinero y los pequeños lujos que un sueldo de poli no pagaba.

En cuanto nos enfrentó, lo hizo nervioso. No era habitual que apareciéramos en mitad de una actuación policial. Normalmente, solíamos ser mucho más discretos. El problema era que no teníamos tiempo.

Me increpó alzando su voz por encima de la mía. No me gustó, le dije que aflojara, pero no lo hizo, estaba demasiado alterado pensando que podían vernos juntos.

Lo agarré por la pechera y lo puse contra la chapa metálica de un contenedor, forzándolo a que se relajara. Su rostro se puso rojo y a mí me sudaban las palmas de las manos. Lo contemplé con malahostia mientras él se revolvía incómodo.

El móvil de Andrey sonó, el ruso no intervino ni un solo instante, se notaba que no quería nada que tuviera que ver conmigo o con los míos. Si hubiera sido por él, ni siquiera habría venido.

Sacó el terminal, respondió y se hizo a un lado dejándonos a solas. Seguro que se trataba de Koroleva preguntándole qué tal iba la cosa.

—¡Suéltame, joder! —escupió Segarra—. Me juego el curro. Si me ven contigo, estoy acabado, sabrán que soy un soplón.

—Es que lo eres —gruñí—, pero nos interesa tanto como a ti que no te descubran, así que haz el favor de comportarte.

Abrí los puños y lo solté. Él se sacudió las arrugas invisibles que deberían haber forjado mis dedos.

—¿Quién coño es ese? —Cabeceó hacia el ruso.

—Lo hemos adoptado.

—Un poco grandecito, ¿no?

—En la organización nos gustan creciditos. Olvídate de él y dime qué tienes.

—Ya lo sabes, un muerto y una carta de suicidio. Lo mismo que cuando me llamaste.

—¿Y encaja? ¿Qué ha dicho el forense? —Segarra se encogió de hombros.

—Muerte por asfixia, a falta de hacerle la autopsia, estamos esperando al juez para el levantamiento. Además, encaje o no, el comisario no está muy por la labor de remover la mierda innecesaria. Ya lo conoces.

—Te estoy pidiendo tu opinión. No la de un tío a punto de jubilarse —le reproché de mala gana.

—Apesta bastante. Los motivos que da en la carta son demasiado flojos, eso sí, había una caja de pastillas encima de la mesa.

—¿Qué pastillas?

—Mentium. ¿Te suenan? —Alzó las cejas. Yo mascullé por lo bajo.



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