Gran Granada by Justo Navarro

Gran Granada by Justo Navarro

autor:Justo Navarro [Navarro, Justo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga, Policial
editor: ePubLibre
publicado: 2015-05-06T00:00:00+00:00


32

Había aprendido. Llevaba un billete, no dos monedas, en la mano, a la vista, como una entrada de cine. No dijo que la mandaba su padre, el magistrado. Miró el billete antes de dejarlo en el mostrador, cinco pesetas, doblado en cuatro, gris verdoso o verde grisáceo. Se veía un rey medieval de tebeo o de Hollywood. La miró el recepcionista del Hotel Kenia, un hombre que evidentemente quería ser actor de cine. El uniforme tenía el color del billete, e incluía galones dorados y corbata negra, de ujier de un ministerio y no de un hotel con las habitaciones en la primera o la segunda planta, Clara no lo sabía, de un edificio de oficinas y casas de familia más o menos bien. La recepción estaba en los bajos, entre joyerías y tiendas de antigüedades. No conocían en el Kenia a ningún Sitre, a ningún Chirre, a ningún pelirrojo hinchado. Clara añadió un detalle que no había recordado antes: el señor que buscaba se sujetaba la corbata con una perla gris, casi negra, como el ojo de una cigala. No. El recepcionista no había visto a nadie así.

Era el momento de recurrir a la recomendación de una persona influyente. Me manda Angulo, dijo Clara, y no mencionó a su padre, el magistrado, sino al botones del Hotel Nevada Palace. El billete flotaba en el mostrador, como olvidado. Y sí, estuvo alguien parecido al señor que la señorita había descrito, pero no estaba ya. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuándo llegó? ¿Cuándo se fue? El recepcionista le dio la espalda a Clara y abrió un libro, como si celebrara misa ante un altar.

—Entrada el jueves 14 de febrero, salida el domingo 17.

—¿Adónde fue?

El recepcionista se volvió para contestar:

—Era de Tánger.

—¿No sabe usted si sigue en Granada?

Ella sabía que seguía en Granada tres días después de haber dejado el Kenia. Lo había visto. Lo había tenido en su casa el día 20, el miércoles por la tarde.

—No sé —dijo el recepcionista.

Clara interpretó la frase como algo que el recepcionista se decía a sí mismo. Un signo en los ojos, en la frente del hombre, le dio la impresión de que el hombre dudaba si debía decir lo que sabía.

—Angulo me ha dicho que usted lo sabe.

—¿Angulo? ¿Quién es Angulo?

El billete había desaparecido. Clara miró al suelo, por si estaba allí. No.

—¿Puede usted decirme el nombre del señor?

Oyó algo parecido a Constantino Zrirri, o Trirri, algo imposible de descifrar.

—¿Puede escribírmelo?

—No estoy autorizado.

Volvió a la calle Ganivet. Había tirado el dinero. Acababa de pagar por segunda vez, casi triplicado, lo que ya le había pagado a Angulo, que le había vendido un invento que no servía para nada. Si una compra unos zapatos y vuelve a casa y ve que en la caja sólo va el zapato derecho, vuelve a la tienda y reclama, pero volver al Hotel Nevada Palace exigía enfrentarse de nuevo al rey de Recepción, único y temible miembro de una casta distante y exclusiva, dragón y caballero defensor de un castillo de doscientas cincuenta llaves de oro.



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