La sangre de Roma by Simon Scarrow

La sangre de Roma by Simon Scarrow

autor:Simon Scarrow [Scarrow, Simon]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2018-11-14T16:00:00+00:00


* * *

—¿Herido? —Radamisto frunció el ceño.

—Sí, señor. Una herida en la cabeza. Le costará unos días recuperarse. Mientras tanto, yo soy el oficial más antiguo de la columna, o sea, que asumiré el mando temporalmente.

—¿Tú? —Radamisto parecía suspicaz—. Por favor, perdóname, pero apenas te conozco, centurión Macro. O al menos no tan bien como he llegado a conocer a tu superior.

—No puedo hacer nada al respecto, señor. Esta es la situación. He pensado que tendrías que estar informado.

—Muy bien. Y como tendremos que hablar regularmente los próximos días, hasta que tu tribuno esté lo suficientemente bien para volver a ocuparse del mando, sería mejor que te dirigieras a mí como «majestad». Solo para evitar más situaciones embarazosas en el futuro.

Macro abrió la boca, pero la cerró al momento. No tenía ni idea de que se hubiera dado alguna situación embarazosa. Pero si el íbero quería que lo llamase «majestad», pues «majestad» lo llamaría, aunque solo fuera para mantener la paz. Se aclaró la garganta e inclinó la cabeza.

—Sí, majestad.

Radamisto asintió, condescendiente.

—Por lo que he visto del ejército romano, vosotros los centuriones sois la espina dorsal del ejército. Os eligen por vuestro valor, vuestra disposición para ser los primeros en combate y los últimos en abandonar la lucha. ¿Es así?

Macro no pudo evitar sentirse halagado por la observación, pero rápidamente se le despertó la suspicacia por el objetivo de tales alabanzas.

—Pues no sé nada de eso, señor. Es un honor ser elegido para dirigir a otros soldados. Nosotros, los centuriones, simplemente intentamos ser los mejores soldados que podemos.

—La modestia del verdadero héroe —dijo Radamisto—. Eres un hombre de los que me gustan, un luchador y líder de hombres.

Macro no dijo nada como respuesta; quería alejarse de la presencia del íbero tan pronto como pudiera, así que se aclaró la garganta.

—Bueno, sí, pues gracias, majestad. Ahora no quiero hacerte perder más tu valioso tiempo.

La benévola sonrisa de Radamisto se desvaneció.

—Te retirarás de mi presencia cuando yo lo diga, centurión. Todavía no he terminado contigo. Como he dicho, estoy seguro de que eres un buen guerrero. Y tu obligación principal es dirigir a los hombres de tu centuria en combate. Eres el centurión de mayor graduación de tu cohorte, pero el tribuno es el comandante.

—Ahora no, porque no puede ejercer el mando. Entonces la responsabilidad recae sobre mí.

—… Majestad —le recordó Radamisto.

Macro asintió.

—Sí, majestad.

—Así que cuando las cosas funcionan con normalidad, no estás acostumbrado al mando de una cohorte, y mucho menos dos cohortes, o incluso una columna de hombres tan numerosos como los nuestros. ¿Tengo razón o no?

Macro veía de repente adonde quería ir a parar aquella conversación, y eligió las palabras con mucho cuidado.

—Todos los centuriones romanos deben estar preparados para asumir mayores responsabilidades cuando surge la necesidad, majestad.

—Sí, eso me parece bien. Pero tales responsabilidades se asumen solo en ausencia de algún oficial de rango superior. ¿Correcto?

—Sí, majestad.

—¿Y no estarías de acuerdo en que un rey tiene un rango superior a un centurión?

Macro juntó las manos a la espalda y flexionó ansiosamente los dedos.



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