la danza de espiroquetas by Isabela Herranz

la danza de espiroquetas by Isabela Herranz

autor:Isabela Herranz [Herranz, Isabela]
La lengua: spa
Format: epub
publicado: 0101-01-01T00:00:00+00:00


CAPÍTULO VII

Tostadas quemadas

Para contarte todo esto me habría venido bien aquella pila de papel continuo, limpio por las dos caras, aunque una tuviera rayas, que encontraste en aquel contenedor cuando pasábamos una tarde cerca del Everyman, donde habías conseguido aparcar después de dar muchas vueltas, cada día estaba peor aparcar en Hampstead. Al final aparcabas en cualquier sitio y todos los días acababas con más de una multa en el parabrisas.

Qué manía tenías con rebuscar en las basuras. Cuando encontrabas algo de aparente valor lo recogías con especial delectación, los paraguas usados eran tu debilidad, tenías unos cuantos en casa y aproveché para quitarte uno pensando que no te darías cuenta con el lío de casa que tenías, recién mudado a Broomsleigh Street. Era un paraguas de niña, de rígido plexiglás transparente y rojo, y me levantó los ánimos, estaba hecha papilla.

Conseguí otro de tus paraguas, plegable y amarillo, de nylon, después de darte mucho la lata. No te costaba nada regalar objetos tan valiosos como aquella reliquia de máscara antigás que me habías entregado con gozo aquel verano de la sequía en Londres, pero no te hacía ninguna gracia desprenderte de los objetos recogidos en la basura, esos no se regalaban, algunos hasta tenían un valor sentimental, cosas tuyas.

Invariablemente, siempre que rebuscabas los contenedores e ibas conmigo volvías a contarme que, cuando te dedicabas a vender máquinas tragaperras y necesitabas una plegadora para enviar información publicitaria, encontraste una cuando ibas a comprarla. Olivia, que entonces vivía contigo, no se lo quiso creer.

No sé si te inventaste la historia, creo que no, en todo caso yo la encontré muy sugestiva tal como me la narraste.

Saliste de casa por la mañana para comprar una plegadora que costaba trescientas libras, un dineral, pero antes de ir a la ciudad te pasaste a tomar un café en Hampstead y aparcaste el coche junto al centro comunitario de Henderson Court, en Fitzjohn’s Avenue. En la carretera había un gran contenedor y, como no podías resistir andar rebuscando en las basuras, te asomaste a ver qué había. Entre porquerías varias sin interés y una pila de ladrillos rotos, sobresalía un mango cromado. Tiraste de él a ver qué era y, para asombro tuyo, descubriste que era una máquina plegadora como la que ibas a comprar. Estaba en buen estado y luego comprobaste que funcionaba.

Que te ocurrieran cosas así, no me extrañaba. Estaba habituada a las sincronías y casualidades. Creía incluso que las coincidencias corrientes y molientes debían tener una explicación psíquica. Gracias a ellas me sentía vivir en un mundo más pleno de significados, aunque en el fondo viera cosas que no existían. Curiosamente, tú no creías mucho en las coincidencias, pero lo cierto es que te sucedían con más frecuencia que a mí.

Una vez ganaste setenta libras en las quinielas de fútbol – Littlewoods se llamaban– y pensaste invertirlas en unos zapatos nuevos que te gustaban mucho. Sin prisas, te fuiste a Hampstead a tomar



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