Juanita la Larga by Juan Valera

Juanita la Larga by Juan Valera

autor:Juan Valera [Valera, Juan]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Drama
publicado: 1894-12-31T23:00:00+00:00


XXV

Por dicha no se apresuraba doña Inés para que el plan del monjío de Juanita se realizase, y así le daba tiempo de apercibirse a la rebelión con fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo de sus intereses y proyectos. Si bien doña Inés sentía y confesaba que iba a hacer un inmenso sacrificio al desprenderse de Juanita, única mujer que la comprendía en el mundo y que podía ser su compañera, en manera alguna quería prescindir de este sacrificio que le daría honra entre los mortales, y que Dios le tendría en cuenta para pagársele en el cielo. Persistía, pues, con firmeza en su plan, pero le retardaba, y mientras le retardaba le iba completando en sus pormenores, consultándolo todo con el padre Anselmo.

Decidió doña Inés pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilaba aún era sobre el convento en que debía ponerla. Después de haber desechado muchos, pensó en uno que hay en Écija, con cuya abadesa se carteaba, porque era allí donde se hacían los célebres bizcochos de yema imitados por Juana la Larga. Afirmaba doña Inés que toda persona que tenía buen paladar reconocía al punto la imitación de Juana, porque carecía del quid divinum que hay en los legítimos, prestándoles tan soberano sabor, que, si con grosero y material supuesto pudiésemos imaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algún mensaje de arriba, tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que no comerían otra cosa que los tales bizcochos de yema hechos por las mencionadas monjas.

A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qué doña Inés desistió de que Juanita fuera al convento de Écija y hubo de fijarse al fin en las comendadoras de Santiago, en Granada, donde, si no se hacen aquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejores almíbares de toda Andalucía.

Mientras trazaba y preparaba doña Inés todo esto en favor de Juanita, de quien se había declarado protectora y directora, su cariño hacia la protegida y la discípula iba creciendo más y más, dando de sí raras muestras y combinándose en él lo sagrado y lo profano.

Un día estuvo doña Inés tan sentimental, que deshizo el peinado de Juanita, admiró su abundante, undosa y suave mata de pelo, la besó varias veces, calificó de horrible desacato el que las manos rudas e impuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, y se la figuró ya como cortada al pie del altar el día en que Juanita profesase, rogándole que para entonces se la legase a ella porque ella la conservaría como reliquia del más subido precio.

Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición de doña Inés, y, casi con lágrimas de gratitud en los ojos, prometió a doña Inés que la mata de pelo sería suya cuando ella se la cortase.

Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanita estaba casi todas las tardes en casa de doña Inés, no yéndose de su lado o de su casa hasta pasada la hora en que solían venir los señores de la tertulia.



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