Las raíces by Josep Maria Massip & Ramona Massip

Las raíces by Josep Maria Massip & Ramona Massip

autor:Josep Maria Massip & Ramona Massip [Massip, Josep Maria & Massip, Ramona]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Otros
editor: ePubLibre
publicado: 1954-12-01T00:00:00+00:00


LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO VI

SEUL

Y vi a Lorraine entrar, acompañada, en el Stork Club. No sé cuáles son vuestros planes y no creo que haya nada malo en ello. Pero me sorprendió.

»En fin, hermanito, pocas novedades. La única, como te he contado, es la mía. Cree que me ha entristecido tener que hacer frente a nuestros padres…»

En el cuartucho trasero de la tienda del chino Lin-Pao, que formaba un barracón de madera y chatarra levantado en un espacio abierto, entre las ruinas del suburbio, la atmósfera era irrespirable a aquella hora de la madrugada. Una densa nube de humo de tabaco irritaba los ojos y adormecía los cerebros. Fuera, en la noche de febrero, el piso retemblaba de vez en cuando bajo las ruedas de los camiones, se escuchaban voces y risas de hombres, el «¡alto!» de alguna patrulla coreana y el taconeo lento y seguro de la Policía Militar sobre el cemento resquebrajado de la carretera.

En sus taburetes de madera, de codos en la mesa, unos soldados farfullaban a media voz una discusión interminable y complicada sobre los puntos que les faltaban para ser relevados y regresar a Estados Unidos. De unas botellas que habían envasado cerveza, rellenaban de whisky sus vasos. Era un whisky infernal, destilado Dios sabe con qué alcoholes, en qué tenebrosos escondrijos de alquimista oriental, pero era el único que les podía servir, a dólar la botella, el chino Lin-Pao. Viniendo de las líneas y en estas noches frías, aquel horror ardiente, que al engullirlo hacía sentir su fuego hasta los mismos intestinos, proporcionaba, de momento, un bienestar especial. Después, al cabo de un rato, la cabeza pesaba y la vida parecía más negra que antes, pero aquellos primeros tragos no se olvidaban con facilidad.

Un par de camastros cojos, sucios y unos asientos viejos de automóvil completaban el mobiliario de la estancia, en la cual una bombilla desnuda y débil daba, entre el humazo, unos relieves difuminados, como los de los sueños. En los camastros yacían figuras borrosas de soldados, con las botas desabrochadas y los brazos caídos.

En un rincón, sentado en el suelo, un muchacho ensimismado y rubio, con cara de chiquillo, trataba de recordar con su armónica el Enchanted evening… de una opereta de Broadway. A sus pies, en cuclillas, con los brazos apoyados en sus piernas, dormitaba una mujer.

«… y vi a Lorraine… y vi a Lorraine…» Joe Vilafranca, aturdido por aquel alcohol endemoniado de Lin-Pao, sentía pasar por su cerebro las palabras de la carta de su hermana. Sentado en uno de los asientos destripados de automóvil, con la cabeza apoyada en los maderos mal ajustados del muro, tenía cogida por la cintura a una muchachita de dientes blancos y cara redonda, y se encogía de hombros como si de repente todo hubiese perdido valor.

—¡Y a mí qué me importa! —No le importaba mucho, en efecto, que Lorraine Tilden frecuentara el Stork Club con sus amigos ricos. Aquellos dos meses en la línea, metido en los agujeros de las montañas glaciales, le habían endurecido.



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