La victoria del perdedor by Carlos G. Reigosa

La victoria del perdedor by Carlos G. Reigosa

autor:Carlos G. Reigosa
La lengua: spa
Format: epub
editor: HarperCollins Ibérica S.A.
publicado: 2016-09-15T00:00:00+00:00


XI

La muerte de Eusebio Loureiro tuvo una recepción muy distinta a la de Roque Moa entre sus propios compañeros. El alcalde Laureano Suñén consideró demasiado anormal y extraño que dos de sus hombres murieran en un intervalo de tiempo tan corto y ambos con las cabezas deshechas. No sabía de quién sospechar, pero se sentía en la obligación de hacerlo. Sospechar de todos y cada uno de los vecinos, repasar sus conductas, buscar indicios, hacer pesquisas entre ellos. Tal vez se trataba de muertes naturales o de simples accidentes, pero debía hacer averiguaciones. No imaginaba a nadie de Valterra capaz de perpetrar aquellos crímenes –si habían sido crímenes–, pero pensaba que no debía quedarse quieto, por si acaso. Y también porque no deseaba ver amenazado su omnímodo poder en la zona.

En su escondite, Arcadio recibió con puntualidad la información que Eulalia consiguió recabar en la capital del municipio y que horas después era vox populi entre los habitantes de las parroquias de Valterra. Laureano Suñén, tras reunirse con Patricio Revoldá, Hidacio García y Adolfo Campela, fue a ver al sargento de la Guardia Civil de Auriamil. El alcalde no buscaba la discreción en sus contactos, sino que parecía deseoso de enviar un mensaje claro a los supuestos o reales enemigos. Y las malas consecuencias de sus inquietudes no tardaron en llegar. Sus esbirros empezaron por las casas de los dos fugitivos que había habido en el municipio, Alfredo Piñor y Baltasar Braña. Los dos hermanos del primero, Elpidio y Bernardo, fueron interrogados y apaleados por los tres falangistas, después de que registraran su vivienda, destrozándolo todo. Las dos hermanas y el padre de Baltasar Braña tuvieron más suerte. Los guardias civiles registraron minuciosamente la casa, pero no golpearon a nadie. El sargento no compartía las sospechas del alcalde de Valterra y se limitó a cubrir el expediente. Quedaba el temor de que los falangistas, insatisfechos con la moderación de la Guardia Civil, fuesen a la casa del viejo Baltasar y repitiesen los vejámenes y malos tratos a los que habían sometido a los hermanos de Alfredo. Arcadio, dispuesto a impedirlo, cargó con sus armas y corrió a apostarse en una altura próxima a la casa. Eran las once de la noche y esperó hasta las cuatro de la madrugada. Nadie se acercó por allí, pero él adivinó el acre olor del miedo en las luces que se encendían y apagaban en las distintas casas y en las cabezas que de vez en cuando asomaban tras las ventanas. Comprendió, de regreso al refugio, que debía apresurar sus intervenciones, si no quería que las sospechas del caudillo local acabasen por ocasionar víctimas irreparables. No quería cargar con otras muertes encima.

El guerrillero reconsideró su estrategia de una progresión que desembocaba en Laureano Suñén y el guardia Andrés Murado. Deseaba deshacerse antes de Patricio Revoldá, Hidacio García y Adolfo Campela, pero, de proceder así, tal vez luego podría serle mucho más difícil acercarse a los otros dos. Repasó, retocó y rectificó su plan de



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