La tregua by Mario Benedetti

La tregua by Mario Benedetti

autor:Mario Benedetti [Benedetti, Mario]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Romántico
editor: ePubLibre
publicado: 1960-01-01T05:00:00+00:00


Lunes 24 de junio

Esteban está enfermo. Dice el médico que puede ser algo serio. Esperemos que no. Pleuritis o algo pulmonar. No sabe. ¿Cuándo sabrán los médicos? Después de almorzar, entré a su cuarto a ver cómo estaba. Leía, con la radio encendida. Cuando me vio entrar, cerró el libro, después de doblar el ángulo superior de la página que estaba leyendo. Apagó la radio. Como diciendo: «Bueno, se acabó mi vida privada». Hice como que no me daba cuenta. Yo no sabía de qué hablar. Nunca sé de qué hablar con Esteban. Cualquiera sea el tema que toquemos, es fatal que terminemos discutiendo. Me preguntó cómo marchaba mi jubilación. Creo que marcha bien. En realidad, no puede ser demasiado complicada. Hace tiempo que arreglé todo mi itinerario, que pagué los aportes que debía, que hice regularizar mi ficha. «Según tu amigo, el asunto no será largo.» El tema Mi Jubilación es uno de los más frecuentados entre Esteban y yo. Hay una especie de convenio tácito en mantenerlo siempre al día. Con todo, hoy hice una tentativa: «Bueno, contáme un poco cómo van tus cosas. Nunca hablamos». «Es cierto. Debe ser que tanto vos como yo andamos siempre muy ocupados.» «Debe ser. Pero ¿de veras tenés mucho que hacer en tu oficina?» Una pregunta idiota, a la marchanta. La respuesta fue la previsible, pero yo no la había previsto: «¿Qué querés decir? ¿Que los empleados públicos somos todos unos vagos? ¿Eso querés decir? Claro, solamente ustedes, los notables empleados de comercio, tienen el privilegio de ser eficaces y trabajadores». Me sentí doblemente rabioso, porque la culpa la tenía yo. «Mirá, no seas pavo. No quise decir eso, ni siquiera lo pensé. Estás susceptible como una solterona. O tenés una cola de paja grande como una casa.» Inesperadamente, no dijo nada ofensivo. Debe ser que la fiebre lo ha debilitado. Más aún, llegó a disculparse: «Puede ser que tengas razón. Siempre ando de mal genio. Yo qué sé. Como si me sintiera incómodo conmigo mismo». Como confidencia y partiendo de Esteban, era casi una exageración. Pero como autocrítica, creo que está muy aproximada a la verdad. Hace tiempo que me da la impresión de que el paso de Esteban no sigue al de su conciencia. «¿Qué dirías vos si dejo el empleo público?» «¿Ahora?» «Bueno, ahora no. Cuando me cure, si me curo. Dijo el médico que a lo mejor tengo para unos cuantos meses.» «¿Y a qué se debe esta viaraza?» «No me preguntes demasiado. ¿No te alcanza con que quiera cambiar?» «Sí que me alcanza. Me dejás muy contento. Lo único que me preocupa es que si precisás una licencia por enfermedad, es más fácil que la consigas donde estás ahora.» «A vos, cuando tuviste el tifus, ¿te echaron? ¿Verdad que no? Y faltaste como seis meses.» En realidad, le llevaba la contra por el puro placer de oírlo afirmarse. «Lo principal, ahora, es que te cures. Después veremos.» Entonces se lanzó a un largo retrato de sí mismo, de sus limitaciones, de sus esperanzas.



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