La Sonrisa Etrusca by José Luis Sampedro

La Sonrisa Etrusca by José Luis Sampedro

autor:José Luis Sampedro
La lengua: es
Format: mobi
Tags: Novela
publicado: 2010-03-12T16:25:08+00:00


La sonrisa etrusca

Mangurrone, el famoso Mangurrone, el superestrella con sus chistes y sus breves cuadritos cómicos... «¡Mangurrone, otro! -gritaba la gente-, ¡Man-gu-rro-ne, Man-gu-rro-ne!...», y Mangurrone reaparecía con diferente caracterización para ofrecer otra propina a su querido y respetable público milanés...

El viejo sofoca una carcajada recordando aquel número en que Mangurrone convence a una corista de que él la ha convertido en vaca y se lo demuestra acariciándole un rabo imaginario, poniéndola a cuatro patas para ordeñarla -«¡el tío lo imitaba bien, se veía que entendía de ordeños!»-, cayendo a la vista del público un blanco chorro de leche en el cubo colocado bajo la chica mientras ella mugía de gusto...

«Cómo harían aquello?, porque Mangurrone hizo subir a uno de butacas y le dio de beber un vaso de auténtica leche de vaca...» Pero lo mejor fue el final: Mangurrone gritó

que se sentía transformado en toro y se puso a cuatro patas tras la corista con intenciones obvias. La chica salió trotando y él detrás, en un mutis aplaudido de locura.

-¡Cómo disfrutas! ¡Qué gusto me da oírte reír así! -le dijo Hortensia.

-¡Ese tío es buenísimo!... A lo mejor agarra a la moza por ahí dentro del escenario y...

¡figúrate!

-¡Qué cosas se te ocurren!

-¡Las cosas de la vida! No se le hacen ascos a las cabras, allá arriba en la montaña. Y

perdona.

Hortensia le miró bondadosa:

-Te ríes como un niño.

-Es como hay que reírse -contestó él, mirándola a los ojos y dejando poco a poco de reír al percibir en ellos tanta gozosa ternura, tanta claridad vital...

«¡Ay, qué madre para mi Brunettino! -suspira el viejo ahora en . la cama-. ¡Qué brazos de madre!»

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-¿Le gustan, papá?... Quiero decir, abuelo. ¿Le gustan?

-Se ve que son buenísimos... Gracias, Andrea.

«Santa Madonna, sólo a ella podía ocurrírsele regalarme unos guantes... ¡Si nosotros no gastamos! Son para señoritos de Milán, o para señoronas que no hacen nada con las manos... Allá en el país sólo llevaba guantes aquel chófer nuevo del marqués, cuando bajaban desde Roma con su coche para ordeñarnos nuestro poco dinero y llevárselo. Una mierda, el chófer aquel; pensaba que con su gorra y sus polainas se iba a llevar al huerto a cualquier moza... ¡Buenas son las nuestras para irse con los forasteros!; la que se dejara ya podía emigrar; nadie volvería a mirarla... El chófer tuvo que bajar a Catanzaro y meterse en casa de la Sgarrona, pagando. El día siguiente ya no presumía tanto; volvió

con pinta de gallo alicaído.»

-¿De qué se ríe, abuelo? ¿No le gustan? .

-Muchísimo, ¡vaya cuero bueno!... Te habrán costado caros... Pero mira mis manos, mujer; no caben.

Andrea, asombrada porque compró precisamente la talla más grande, compara manos con guantes y se confunde en disculpas. El viejo intenta consolarla, pero la realidad es implacable. Los guantes son lo bastante largos, pero esas zarpas de oso montañés no entran.,

-Soy una tonta, lo siento... -concluye Andrea-. No se me ocurrió nada mejor para sus Reyes.

El abuelo contempla sus manos orgulloso como nunca: «¡No las hay iguales en Milán y, además de ser tan recias, abrochan botoncitos de niño!».



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