Historia de los griegos by Indro Montanelli

Historia de los griegos by Indro Montanelli

autor:Indro Montanelli [Montanelli, Indro]
La lengua: spa
Format: epub, azw3, mobi
Tags: Crónica, Historia
editor: ePubLibre
publicado: 1959-01-01T05:00:00+00:00


Capítulo XXVIII

ANAXÁGORAS Y LA «FANTACIENCIA»

Cuando Anaxágoras, oriundo de Clasomene, llegó a Atenas en 480 antes de Jesucristo por invitación del almirante Jantipo que le había elegido como profesor de su hijo Pericles, tenía apenas veinte años, y tal vez quedóse un poco desilusionado, no de la ciudad en sí, que debió de parecerle maravillosa, sino por las atrasadísimas condiciones en que encontró los estudios científicos, o, mejor dicho, por su desequilibrio.

En realidad, en Atenas, como por lo demás en toda Grecia, hasta aquel momento había progresado solamente la Geometría, no como instrumento de realizaciones prácticas, sino como pretexto de especulación abstracta. Los atenienses no recurrían a ella para construir puentes y acueductos, de los que jamás sintieron la necesidad, sino para juguetear con su lógica deductiva. En efecto, no se dedicaron a ella los ingenieros, sino los filósofos, especialmente los que procedían de la escuela de Pitágoras, y el problema que más les atrajo fue la cuadratura del círculo.

Las Matemáticas, en cambio, se habían quedado en las «astas», y no es una manera de decir: un asta era 1, dos astas era 2. Para el 10 y los múltiplos de 10 se usaban las iniciales de la palabra equivalente: d- deka, h- hekato, etc. La mente griega no imaginó jamás el cero, el más necesario de todos los números. Personas que hablaban con gran competencia de «fenómenos» y de «noúmeno», de planos y perspectivas, cuando se trataba de hacer la más elemental suma o división tenían que recurrir a un formulario, porque por sí mismas no lograban sacarlas y si además era cuestión de fracciones, renunciaba sin rebozo. Solo con mucha fatiga aprendieron de los egipcios a contar por decenas y de los babilonios a contar por docenas. Pero, por su cuenta, no dieron ningún paso adelante.

Otro campo en el que la ciencia estaba en los primeros balbuceos era la Astronomía; basta ver, para darse cuenta, cómo habían redactado el calendario.

Para empezar, cada ciudad tenía el suyo y señalaba el comienzo del año cuando le acomodaba. Es más, hasta los nombres de los meses eran diferentes, porque tampoco sobre este punto los varios Estados griegos habían logrado ponerse de acuerdo. Atenas se había quedado poco más o menos en el sistema de Solón, que había dividido el año en doce meses de treinta días cada uno. Y dado que de tal manera, al final del año, faltaban cinco, cada dos años se añadía un decimotercer mes para recuperarlos. Pero de esta manera, en cambio, acababan con días de más. Entonces el año fue vuelto a dividir en meses alternos de treinta y treinta y un días. Y para eliminar el pequeño pico que de tal modo quedaba, se estableció saltarse un mes cada ocho años.

La razón de este atraso, además de la alergia que los atenienses mostraban por las matemáticas, era debida a la superstición, de la que ellos se burlaban de palabra, pero que de hecho les aprisionaba. En todas las sociedades y en todos los tiempos la Astronomía ha sido la primera enemiga de la génesis, como quiera y por quien fue revelada.



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