Hay unos tipos abajo by Antonio Dal Masetto

Hay unos tipos abajo by Antonio Dal Masetto

autor:Antonio Dal Masetto [Masetto, Antonio Dal]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela
publicado: 2005-09-30T16:00:00+00:00


12

Pablo entreabrió los ojos y tuvo la sensación de no haber dormido nada. Había un gran silencio. Por la claridad en el patio interior supo que era de día, aunque no pudo imaginar la hora. Para averiguarlo debía sacar el brazo de debajo de las cobijas y le daba pereza hacerlo. Durante un tiempo estuvo así, sin pensamientos, a medio camino entre el sueño y la vigilia, espiando el rectángulo de luz sucia de la ventana. Después se encontró reconstruyendo una vez más la charla en la casa de Roberto y Sara, la caminata en la noche y el sobresalto en aquella esquina donde había creído oír voces y rumores de violencia. Fueron esas imágenes las que lo obligaron a levantarse. Apartó las cobijas de un manotazo, saltó de la cama, se lavó la cara, se vistió y dejó el hotel.

Eran apenas las ocho y las calles de la mañana del domingo estaban vacías. Se dijo que hacía mucho que no veía la ciudad a esa hora de un día feriado. Era otra ciudad. Tenía aspecto de recién lavada. Sin tránsito, sin estruendo, con tanta claridad sobre los edificios, parecía un sitio inocente. Flotaba en el aire como una gran expectativa y Pablo pensó en el partido de la tarde. Compró un diario. Un título a grandes letras anunciaba: "Argentina y su momento supremo". Había una foto de la copa del Mundial. Un aviso decía: "Felicitaciones, país".

Se sentó en el Foro de Corrientes y Uruguay. Sólo había dos clientes, mujer y hombre, uno en cada extremo del local. Pablo se preguntó quiénes serían esos madrugadores. Tal vez gente que no había dormido. Gente a contramano, como él. Tomó una taza grande de café. Después saltó, anduvo en el aire frío que olía a limpio y comenzó a sentirse optimista. En esto reconocía una forma especialmente suya de relacionarse con la ciudad. El enfrentamiento con el cielo de las mañanas siempre lo sosegaba y lo reconciliaba con el mundo. No importaba la carga que arrastrara ni lo que hubiera sucedido el día anterior ni las pesadillas nocturnas. Andar en la luz nueva era una forma de recomenzar, de darse otra oportunidad. Cruzó Plaza Lavalle hacia Córdoba y de tanto en tanto se detenía bajo los árboles para mirar, entre las ramas, los pájaros en movimiento.

Se fue acercando al Bajo, vio los mástiles de los barcos en el puerto y dio una vuelta por el barrio, manteniéndose a distancia de la esquina de Paraguay y Reconquista. Nada sospechoso, ni gente detenida ni autos estacionados. Le pareció natural que fuese así. En todas partes era la misma calma que lo venía acompañando desde la salida del hotel. De cualquier manera tardó en encarar hacia su edificio y cuando se decidió lo hizo con la cautela de quien penetra en una zona de riesgo. Se detuvo unos segundos en la entrada para echar una mirada hacia ambos lados. De nuevo sintió que la claridad de la mañana alejaba toda amenaza.

Estuvo apretando el botón del ascensor hasta que advirtió que había un corte de energía eléctrica.



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