Gálvez en la frontera by Jorge Martínez Reverte

Gálvez en la frontera by Jorge Martínez Reverte

autor:Jorge Martínez Reverte [Martínez Reverte, Jorge]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Policial, Humor
editor: ePubLibre
publicado: 2001-01-01T00:00:00+00:00


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El paso del Estrecho

¿Qué es anterior, el cine francés o el martes por la tarde? La cuestión no es baladí, aunque la cronología, la historia, proporcione una respuesta aparentemente terminante. El martes, el día de los guerreros, lo inventaron los romanos; y el cine francés, los franceses cuando ya no respondían al terrible nombre de galos, muchos siglos después. Pero en nuestros días, el origen del martes ha quedado oscurecido por la aparición de un fenómeno cronológico llamado martes por la tarde cuya existencia tiene un sentido perverso.

Las parejas suelen escogerlo inconscientemente para acudir al cine a ver una película francesa, mientras la armonía reine en el hogar. Luego, la película francesa aparece, de manera injusta, como el primer motivo de discrepancia que anuncia el divorcio. Las mujeres separadas acostumbran a sustituir a su pareja por una amiga, en aras de conservar esa insana costumbre. Los hombres separados tienden a quedarse en casa, tumbados en un sofá, mientras hacen zapping con un libro, que nunca acaban, en las manos. Pero la culpa no es del cine francés, sino del martes por la tarde, que debe ser el día en que a los directores franceses se les ocurren las ideas para sus películas.

Yo pasé aquel martes por la tarde tirado en el sofá, con un libro que no avanzaba en las manos, haciendo zapping y fumando pitillo tras pitillo, a la espera de que Almudena respondiera a alguno de los veinte mensajes que le había dejado en el contestador de su casa. Las horas se sucedieron unas a otras a un ritmo tan lento que llegué a pensar que yo podía ser un candidato a participar como protagonista en Gran Hermano, el programa estrella de la televisión. A ratos, me quedaba dormido; otras veces, daba vueltas por la escueta habitación, comprobaba que el teléfono estaba bien colgado. Llegué incluso, en aquel paroxismo de la abyección estática, a leer varias veces el mismo párrafo del libro que reposaba en mi regazo.

Agotado por la inactividad, me fui a la cama, donde pretendí comenzar una nueva ronda de entrega a la pereza. Aún pervivía, o eso me pareció, el calor de Almudena entre las sábanas. Esa percepción bastó para que no pudiera pegar ojo, con el recuerdo de su abrazo estampado sobre mi piel.

Y comencé a hacer un involuntario zapping sobre mí mismo a lo largo de las últimas horas que duró un tiempo que no supe medir. Almudena, sus besos, sus abrazos, su sonrisa, se repetían de manera obsesiva, pero cada escena se cerraba con la perturbación de su media vuelta cuando improvisé la estupidez sobre el origen de las flores. ¿Por qué esa niña me había provocado una reacción tan intensa? En otras circunstancias, la mera mención de la posibilidad de que yo llegara a tener relaciones con alguien tan joven me habría provocado hilaridad. Yo me consideraba un vocacional, un militante de la sexualidad intrageneracional. Y presumía de conocer solo mujeres que tuvieran la historia escrita en la cara. Me dije que quizá hubiera sido muy bueno para mí el incidente floral.



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