Erec y Enide by Manuel Vázquez Montalbán

Erec y Enide by Manuel Vázquez Montalbán

autor:Manuel Vázquez Montalbán [Vázquez Montalbán, Manuel]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Realista
editor: ePubLibre
publicado: 2002-03-21T00:00:00+00:00


En medio de un piquete de soldados y paisanos, Diderot, Myriam y Pedro fueron más empujados que conducidos por un pasillo de artesonados techos donde se reproducían toscas cabezas cortadas de indígenas, en contraste con el suelo repleto de hombres no sólo vivos sino armados, algunos adormilados por los suelos. Atravesaron un gran patio antes de acceder a otro pasillo esta vez más corto, sin historiar aunque recién encalado, sólo habitado por una pareja de guardias que protegían la puerta de acceso a un pequeño cortil también empedrado de cantos rodados, cercado por una construcción de dos plantas, cubierta por un tejado de cerámica vidriada. Encerrados quedaron los tres, con la única puerta evidente de salida clausurada y guardada. Myriam comprobó que las otras estaban canceladas y expresó su desaliento dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo. Así como Pedro y Myriam miraban y remiraban a su alrededor, Diderot contemplaba las alturas y hacía sus cálculos y luego dio una vuelta al patio observando el suelo, como si buscara algo entre las ranuras del empedrado. Nada decía hasta que creyó tener una solución, se quitó los pantalones y pidió a Pedro que hiciera lo mismo y con unas tijeritas que se sacó de un bolsillo se refugió en un rincón y empezó a hacer tiras y más tiras para luego trenzarlas en forma de cuerda, culminada en un ojo oval que examinó con especial cuidado, porque de este agujerito, dijo, depende nuestra vida, no vayan a fusilarnos en calzoncillos. Myriam estaba sorprendida porque los calzoncillos slip de Diderot sean más modernos que los de Pedro, pantaloneros clásicos con una bragueta diríase que vaginal.

—Éste es el patio de las ejecuciones secretas. Cuando dejan de matar al aire libre reservan para este lugar las fiestas privadas y todas esas habitaciones cerradas deben de ser mazmorras o salas de tortura. Fijaros en las manchas de sangre que hay en el extremo opuesto y que todas las ventanas están selladas. Aquí no vive nadie, aquí sólo se mata. Hay que marcharse antes de que vengan a matarnos.

—Pero ¿tú crees que pueden hacer desaparecer a tres miembros de una ONG tan conocida?

—Pueden.

Y era del mismo parecer Myriam, por lo que Diderot se puso en movimiento, se ató la improvisada cuerda a la cintura y saltó como un gato a un madero que emergía de la pared como resto de alguna posible balconada ahora cegada. Las dos manos en el madero y las plantas de los pies calzados con sandalias como pegadas a la pared encalada, Diderot se izó a pulso y se sentó en el breve leño para desenrollar la cuerda y mecerla en el aire antes de impulsarla en dirección a una corriola de hierro empotrada en la fachada, entre los dos balcones centrales del piso superior. Hasta doce veces lanzó la cuerda, con el cuerpo a medio caer al patio en el que le esperaban los brazos de Pedro y Myriam por si podían disminuir el impacto del cuerpo precipitado. Pero



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