El oscuro secreto by Tui T. Sutherland

El oscuro secreto by Tui T. Sutherland

autor:Tui T. Sutherland
La lengua: spa
Format: epub
editor: Penguin Random House Grupo Editorial España
publicado: 2023-04-20T06:21:14+00:00


CAPÍTULO 14

Nocturno estaba rodeado de pergaminos. Pilas de pergaminos, paredes tan altas como diez dragones, forradas de pergaminos. Pergaminos dondequiera que posara la vista.

Su inmensa alegría (¡tantísimo que leer! Estaba seguro de que todo lo que siempre había deseado estaba allí, la respuesta a todas sus preguntas) en guerra con una profunda y paralizante ansiedad. ¿Cómo iba a aprender todo eso? ¿Cómo iba a poder leerlo todo antes del examen?

¿Qué tipo de examen sería? Algo sobre las alas de fuego. Tenía que haber un pergamino que hablara de las alas de fuego por allí.

—Ups —dijo una voz cuando la pila de pergaminos que tenía a su lado se tambaleó, y se desparramó alrededor de las garras de Nocturno. La cara de Cieno se asomó por un lado y sonrió—. Vaya. Ahí estás.

—Cieno, ten cuidado —le rogó Nocturno. Empezó a recoger los pergaminos del suelo y a volver a apilarlos tan ordenados como podía—. Necesitamos todos estos pergaminos.

—Ah, ¿sí? —Cieno frunció el hocico—. ¿Acaso la profecía dice «un puñado de pergaminos vendrán a salvar el día»? Qué divertido, no recuerdo esa parte.

Nocturno le dedicó una mirada malintencionada y recogió el siguiente pergamino. Cómo liberar a los prisioneros Alas Lluviosas.

—¿Ves? —le dijo, mientras agitaba el pergamino delante de su cara—. Todas las respuestas que necesitamos.

Nocturno desenrolló el pergamino y lo encontró en blanco. Un trozo de tela suave y completamente blanco le devolvió la mirada, indiferente ante su contrariedad.

—Salgamos de aquí —le dijo Cieno—. Podrías ayudarnos.

—No puedo. Primero, tengo que leer todo esto.

Nocturno empezó a extender las alas, golpeó otra pila de pergaminos y se giró mientras trazaba un círculo agitado. ¿Acaso las paredes llenas de pergaminos se habían vuelto más altas? Cogió otro: Los secretos de los Alas Nocturnas.

—Este es el que necesito —murmuró, mientras lo desenrollaba. Pero también estaba vacío.

Cieno seguía allí, a la espera.

—No puedo ayudaros hasta que no lo sepa todo —le dijo Nocturno—. Debería quedarme aquí. No me llevará mucho tiempo. Pronto, sabré mucho más de lo que sé ahora. Pero aún no puedo irme de aquí.

Sacó un pergamino que desprendía un brillo dorado de una pila. Seguramente, algo tan bonito tenía que contener algo útil en su interior.

Cómo decirle a Sol que la amas.

Nocturno suspiró. Lo supo antes de abrirlo: vacío, vacío, vacío.

—Nocturno —dijo Cieno—. Nocturno. Vamos. Date prisa. Nocturno, vamos.

Ya no era la voz de Cieno la que le hablaba. Además, alguien le estaba sacudiendo el hombro. Nocturno pestañeó, y entonces despertó, confuso y medio dormido.

—Vamos —susurró de nuevo Profecía—. Fulgor acaba de escabullirse. Sigámoslo. Rápido.

—¿Por qué? —murmuró Nocturno, frotándose los ojos—. No va a saber dónde está la reina.

Pero Profecía ya se encaminaba a la puerta. Nocturno se estiró, seguro de que no haber dormido lo suficiente, y la siguió.

La cola roja de Fulgor acababa de desaparecer al doblar la esquina al final del pasillo. Profecía y Nocturno lo siguieron, en silencio. Ella no habló en ningún momento, de modo que Nocturno también se mantuvo callado. Sus sueños habían removido algo en su interior, como si se olvidara de algo muy importante.



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