Cuidado con las señoras by Lou Carrigan

Cuidado con las señoras by Lou Carrigan

autor:Lou Carrigan
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Policial
publicado: 2019-05-22T22:00:00+00:00


CAPÍTULO VI

A las cinco menos veinte, Clinton Davenport estaba de vuelta a Sunset Boulevard. Llamó por teléfono a Rosemary, le dijo que la quería, y volvió a su coche.

No tuvo que esperar ni cinco minutos para ver salir a su bella cuñada a toda prisa, directa hacia el parking continuo al edificio. Y sólo un minuto más tarde, salía de allí, al volante de su coche.

«Me parece que la broma no te ha sentado nada bien. Vamos a ver qué pasa ahora entre Charles Mulloy y tú».

Se equivocó.

Había previsto que Cecily iría a la gasolinera donde trabajaba Mulloy, el testigo perjuro, simulando que quería poner gasolina a su coche, para hablar con él. En cuyo caso, él les habría estado vigilando desde su coche, y, por supuesto, los habría visto ponerse muy nerviosos a los dos cuando Mulloy negase haber llamado pidiendo más dinero… A partir de ese momento, Cecily comenzaría a cometer errores, comprendiendo que alguna persona estaba al corriente de sus sistemas para convertirse en abogado de gran prestigio. Unos errores que culminarían cuando, después que él hubiese hablado con el juez amigo de su padre, el viejo zorro encontrase el modo de asestar el golpe final a la bella Cecily…

Pero se equivocó.

Cecily no fue a la gasolinera donde trabajaba Mulloy, sino que salió de San Francisco, hacia el sur, por Skyline Boulevard.

Y vaya si fue lejos… Recorrió nada menos que cincuenta millas en poco más de una hora, por la carretera de la costa. Lo cual complació muchísimo a Clinton, que al volante de su coche dirigía frecuentes miradas al mar.

Finalmente, muy poco antes de llegar a Santa Cruz, Cecily salió de la carretera, descendiendo con el coche casi hasta la playa, al nivel donde se veían unas cuantas villas preciosas. Clinton detuvo el coche arriba, la vio salir, y dirigirse hacia una de aquellas villas a la orilla del mar. Luego, siguió adelante, encontró un buen lugar para dejar el coche de modo que Cecily no lo viese al regresar al suyo, y volvió a pie hacia el grupo de villas de la playa. Buscó un buen observatorio, y se dispuso a esperar.

Quince minutos más tarde aproximadamente, Cecily salió de la villa, acompañada de un hombre que Clinton reconoció en el acto: Mark Wighman, el padre de Althea Wighman, la última cliente de la abogado señora Davenport. Se despidieron, Cecily subió hasta donde había dejado el coche, y, al parecer, emprendió el regreso a San Francisco.

Durante unos segundos. Clinton estuvo vacilando entre regresar con ella o no. Por fin, se decidió a ir hacia la villa. Poco después, llamaba a la puerta, que fue abierta por la mismísima Althea Wighman, que iba en bikini. Se sorprendió mucho al ver a Clinton, pareció a punto de alejarse corriendo, y, finalmente, lo miró entre altanera y maliciosa.

—¿Qué desea? —preguntó.

—Apuesto a que se ha sorprendido al verme, señorita —sonrió Clinton.

—Así es —ella le miraba con curiosidad y un cierto destello admirativo—. Acaba de marcharse una visita, y creí que había olvidado algo.



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