Crash by James G. Ballard

Crash by James G. Ballard

autor:James G. Ballard [Ballard, James G.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Ciencia ficción, Drama, Erótico
publicado: 1972-12-31T23:00:00+00:00


12

Vaughan estaba en lo cierto. Pronto empezó a aparecer en las fantasías sexuales de Catherine, cada vez más. De noche, acostados en el dormitorio, nos acercábamos a Vaughan a través del panteón de nuestros compañeros familiares, así como Vaughan nos seguía el rastro a través de las galerías del aeropuerto.

—Tenemos que conseguir un poco más de hachis. —Catherine miraba las luces del tránsito que barrían las ventanas—. ¿Por qué a Seagrave lo obsesionan tanto estas actrices? ¿Dices que quiere chocarlas?

—Vaughan le metió esa idea en la cabeza. Está utilizando a Seagrave en una especie de experimento.

—¿Y la mujer?

—Vaughan hace con ella lo que quiere.

—¿Y contigo?

Catherine yacía de espaldas a mí, las nalgas apretadas contra mis testículos. Al mover el pene bajé los ojos de mi ombligo cicatrizado a sus nalgas, inmaculadas como las de una muñeca. Le tomé los pechos, y su torso me apretó el reloj pulsera contra el antebrazo. La pasividad de Catherine era engañosa; una larga práctica me había enseñado que esto era el preludio a una fantasía erótica, la inspección lenta y en círculos de una nueva presa sexual.

—¿Si hace conmigo lo que quiere? No. Pero es difícil conocerlo a fondo. —¿No le guardas rencor por tomarte esas fotografías? Parece que te estuviera usando. Me puse a juguetear con el pezón derecho de Catherine. Ella, que aún no estaba preparada, me tomó la mano y la aplastó contra el pecho.

—Vaughan anexa gente. Tiene todavía un estilo de personalidad de TV. —Pobre hombre. Esas muchachas que lleva en el coche… algunas son casi niñas. —Insistes en ellas. Lo que le interesa a Vaughan no es el sexo, sino la tecnología. Catherine hundió la cabeza en la almohada, como siempre que quería concentrarse. —¿Te gusta Vaughan?

Le pasé otra vez los dedos por el pezón hasta endurecerlo. Y ella acurrucó las nalgas contra mi pene. Hablaba con una voz grave y profunda.

—¿En qué sentido? —pregunté.

—Te fascina, ¿no es cierto?

—Hay algo en él, en esas obsesiones.

—Ese coche llamativo, el modo de conducir, la soledad. Todas las mujeres que ha tenido ahí. El coche olerá a semen…

—Así es.

—¿Te parece atractivo, Vaughan?

Le saqué el pene de la vagina y le apreté la cabeza contra el ano, pero ella la metió de vuelta en la vulva.

—Es muy pálido, cubierto de cicatrices.

—¿Pero te gustaría metérselo? ¿En ese auto?

Hice una pausa, tratando de contener el orgasmo que parecía subir como una marejada. —No. Pero hay algo en él sobre todo mientras conduce.

—Sexo… sexo, y ese coche. ¿Le has visto el pene?

Mientras describía a Vaughan, escuché cómo mi voz se alzaba apenas sobre los sonidos de nuestros cuerpos. Enumeré los elementos que eran para mí la imagen de Vaughan: las nalgas duras ceñidas por los raídos jeans cuando él se corría de costado para salir del coche; la piel pálida del abdomen, que casi exponía el triángulo del pubis cuando se instalaba detrás del volante; el bulto del pene semierecto en la entrepierna húmeda apretado contra el borde inferior del volante; las bolitas de moco que



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