Cenicienta liberada by Rebecca Solnit

Cenicienta liberada by Rebecca Solnit

autor:Rebecca Solnit
La lengua: spa
Format: epub
editor: Penguin Random House Grupo Editorial España
publicado: 2021-04-28T05:26:21+00:00


5

Verdades y pasteles

El hada madrina explicó a Cenicienta que en realidad no tenía por qué quedarse en esa casa y trabajar sin parar todos los días. Ese mismo día, Cenicienta se calzó las botas y montó a lomos de uno de los caballos tordos, y el príncipe se subió a su yegua negra. Cabalgaron hasta el manzanar que pertenecía al bondadoso anciano que cultivaba manzanas. Se encaramaron a una escalera y recogieron manzanas hasta que se cansaron y hubieron llenado treinta cestas grandes. El anciano agricultor que cultivaba manzanas prometió que presentaría al príncipe a sus vecinos, los otros agricultores. Y le pidió que regresara en invierno, cuando podan las ramas de los manzanos, sin hojas en esa época, y en primavera, cuando los árboles florecen y las abejas zumban a su alrededor.

El príncipe Daigual volvió a casa a lomos de su yegua y anunció a sus padres que quería ser agricultor, y no príncipe, o quizá príncipe agricultor. En cuanto a Cenicienta, el hada madrina estaba esperándola.

—Ve hacia la izquierda y al llegar al molino de viento baja por el pasaje. Luego sube por el callejón y encontrarás tu pastelería. Al lado hay un establo con cinco pesebres y otros tantos caballos tordos; la cochera vive arriba, encima de los caballos.

—¿Por qué no me dijiste antes que era libre de irme? —le preguntó Cenicienta.

—Estaba muy atareada ayudando a otros niños —respondió el hada madrina— y encima perdí las señas de tu casa. Además, estoy para ayudar a la gente, pero quien lo necesita debe pedir ayuda, y tú no la pediste hasta la noche del baile.

(Es cierto que resulta muy útil pedir ayuda cuando se quiere o se necesita.)

Hoy en día, Perlita dirige una peluquería donde hace moños tan altos como el pelo le permite, y es feliz porque se dedica a lo que le apasiona. Paloma trabaja de modista en una tienda de ropa de mujer y se pasa el día cosiendo vestidos porque descubrió que le gusta más confeccionar trajes bonitos que ponérselos. No añoran los tiempos en que estaban en casa de brazos cruzados, esperando a que la vida empezara. Hacen bien su trabajo.

Un día fueron a ver a Cenicienta y le dijeron que lamentaban mucho cómo la habían tratado y que se habían equivocado, y le preguntaron si quería ser su amiga. Ella les sirvió unas porciones de pastel, y más tarde Paloma le confeccionó unos pantalones de montar y Perlita le llevó una crema para la cola de los caballos y las tres fueron amigas.

Perlita y Paloma llegaron a ser quienes en verdad eran. Y lo mismo le ocurrió a su madre, es decir, a la madrastra de Cenicienta, que se convirtió en el aullido entre los árboles en las noches de tormenta. A veces se la oye fuera, un viento fuerte que hace vibrar las ventanas y temblar las hojas de los árboles, y que dice: «¡Más y más y más!», o «¡Mío, mío, mío!», y después el ávido viento amaina y la mujer desaparece hasta la vez siguiente.



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