Poemas II by Claudio Claudiano

Poemas II by Claudio Claudiano

autor:Claudio Claudiano [Claudiano, Claudio]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Poesía, Otros
editor: ePubLibre
publicado: 0405-01-01T00:00:00+00:00


RAPTO DE PROSÉRPINA

LIBRO III

Júpiter entretanto ordena a la Taumántide[1], rodeada de nubes, ir y convocar a los dioses del universo entero. Ella, deslizándose por los Zéfiros con su vuelo de colores, llama a gritos a las divinidades del mar, reprende a las Ninfas remolonas y hace salir a los ríos de sus húmedas 5grutas. Todos se precipitan vacilantes y alarmados, preguntándose qué motivo los saca de su tranquilidad, qué asunto debe ser tratado con tan gran agitación. Cuando estuvo abierta la mansión estrellada, se les ordenó que se sentaran. No se mezclaron los rangos: las divinidades celestes obtuvieron por orden los primeros asientos; el segundo 10lugar lo ocuparon los soberanos del mar, el apacible Nereo[2] y la venerable cabellera blanca de Forco[3] la última fila acogió a Glauco[4], el de doble forma, y a Proteo[5], que permanecería con un rostro invariable. Y también a los viejos ríos se les concedió el honor de sentarse; 15la restante juventud, un millar de corrientes, permanece de pie según la costumbre de la plebe; las húmedas Náyades[6] se apoyan en sus líquidos padres y los Faunos[7] admiran silenciosos los astros.

Entonces comenzó a hablar así solemnemente el padre desde lo alto del Olimpo: «De nuevo han requerido mi atención los asuntos de los humanos, asuntos descuidados 20por mí hace ya tiempo, desde que conocí la molicie de los tiempos de Saturno y la indolencia de su perezosa edad y me complació excitar con los estímulos de una vida agitada a los pueblos, largo tiempo adormecidos por la inacción reinante bajo mi padre, para que la mies no creciera espontáneamente en los campos sin cultivar ni el bosque 25abundara en panales ni los vinos brotaran en las fuentes ni resonasen todas las corrientes llenando las copas. Ciertamente no lo hice por envidia —pues no les cabe a los dioses sentir envidia ni hacer mal—, sino porque el lujo aparta de la vida honrada y la abundancia trastorna las 30mentes humanas. Que la ingeniosa necesidad excite a los espíritus indolentes y vaya explorando poco a poco los caminos desconocidos del universo. Que la destreza haga nacer las artes y la práctica las sustente.

Ahora, con grandes quejas me pide insistentemente Naturaleza que alivie al género humano, me dice tirano cruel e implacable, me recuerda los siglos en que reinó mi padre 35y llama a Júpiter avaro de las riquezas que ella posee, porque quiero que las llanuras se conviertan en selva por su estado de abandono, que los campos se llenen de zarzas y porque no adorno el año con fruto alguno; dice que ella, que había sido antes madre para los mortales, ha pasado de pronto a tener las costumbres de cruel madrastra: “¿De 40qué les sirvió haber conseguido su inteligencia del cielo, de qué haberles colocado su cabeza en alto, si a la manera de las bestias andan errantes por los lugares apartados, si mastican bellotas, alimento compartido con ellas? ¿Acaso puede agradarles esta vida que transcurre escondida en las espesuras de los bosques, indiferenciable de la de las 45fieras salvajes?”.



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