La banda de los polacos by Federico Jeanmaire

La banda de los polacos by Federico Jeanmaire

autor:Federico Jeanmaire [Jeanmaire, Federico]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Humor
editor: ePubLibre
publicado: 2023-03-01T00:00:00+00:00


EL LADO OSCURO DE LA BELLEZA

Cuando uno quiere, extraña si pasa algún tiempo sin ver al ser querido. Algo de eso vivió el Yoni, el Tres, a lo largo del domingo más largo de su vida. Pensó en ir a la misa. Pero no fue. Luego pensó en caerle por la tarde al padre Pablo y tocar a su puerta. Pero tampoco. No se animó. ¿Y si lo rechazaba? Con toda seguridad, en la peregrinación hacia la catedral se había percatado de que él había contado lo ocurrido durante la noche feliz de las cervezas.

El cura parecía enojado.

Por eso no fue.

Solo lo extrañó. Y decidió esperar. Aparecer en la capilla junto con los demás. Cuando pintara. Eso le ahorraría rechazos explícitos y le permitiría ver la manera en que el cura reaccionaba ante su presencia. Lo que no pudo, claro, fue aguantarse las ganas y llegar tanto tiempo antes de la misa a la puerta de la iglesia ese lunes. Tampoco, a decir verdad, pudo hacer nada de aquello que la Yesi le había encargado que empezara a hacer. Su cabeza no se lo había permitido. Anduvo de acá para allá, pero todo lo que veía le parecía feo. Todo y todos los que se le cruzaban por el camino le parecían feos.

Lástima, daba.

Mucha lástima.

Borges lo descubrió ahí, tan solo y tan lastimado, que chifló en dirección a la capilla ayudándose con sus dedos índices y enseguida le hizo gestos con ambos brazos para que se acercara hasta el quiosco.

—¿Me llamó?

—Lo llamé, sí. Quería comentarle algo, Jonathan.

Sin embargo, a pesar de que acababa de decirle que lo había llamado y que quería comentarle algo, al viejo no le salió comentarle nada. Se quedó observándolo. De arriba abajo. Borges había pensado en hablarle acerca del amor y sus dificultades de ser, acerca de la enorme distancia entre los sueños y las realidades amorosas. Pero, mientras llegaba a la conclusión de que no podía hablarle sobre el amor a una persona que estaba pasándola tan mal justo por ese asunto, el pibe, desde alguna impaciencia, lo sacó de sus cavilaciones.

—Lo escucho.

—Sí, sí, discúlpeme.

Aunque tampoco esta vez dijo más.

Todavía necesitó darse de algún tiempo para ordenar sus ideas. Mientras tanto, primero le ofreció un caramelo ácido y luego un alfajor. El pibe no aceptó. Ni una cosa ni la otra. Entonces, tuvo que destaparle una cerveza y pasársela. Era lo único a lo que, sabía perfectamente el quiosquero, el pibe jamás podría negarse.

—Le iba a hablar de un tema. Pero no es el momento. Mejor le cuento de otro. De la belleza, por caso, sospecho que es aquello a lo que estará abocado durante buena parte de la semana que acaba de comenzar.

—Usted es un lindo muchacho.

El Tres se ruborizó al escucharlo.

Después miró hacia el piso y, a continuación, tomó un larguísimo trago de cerveza. No se esperaba algo así de un viejo tan viejo y sabía todavía menos qué responder. Borges se dio cuenta de la incomodidad del pibe, sonrió y de inmediato apuró una explicación de sus dichos.



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