Hora cero by S. D. Perry

Hora cero by S. D. Perry

autor:S. D. Perry [Perry, S. D.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Ciencia ficción
editor: ePubLibre
publicado: 2004-01-13T05:00:00+00:00


Ésa era la última anotación. Rebecca cerró el diario y lo dejó junto al juego de ajedrez que estaba colocado en el centro del escritorio. Cuando encontró el alijo oculto, pensó que los rudimentarios mapas serían el premio. Había dos; uno mostraba lo que parecían ser los tres pisos de los sótanos del edificio, incluidas unas cuantas zonas sin señalizar que quizá condujeran al exterior. El otro parecía ser de la parte superior, con una habitación marcada como OBSERVATORIO junto a una área abierta y amplia marcada como BALSA CRIADERO. Pero el pequeño diario encuadernado en cuero, polvoriento y arrugado por los años —Rebecca no sabía cuántos años exactamente, pero una de las anotaciones sobre el trabajo con sanguijuelas tenía «1988» escrito en la esquina superior—, había sido un auténtico descubrimiento. Seguramente estaba escrito por James Marcus, al parecer el creador del virus-T, el mismo virus que convertía a la gente en zombi y había infectado el tren y posiblemente la mitad del bosque de Raccoon, si se tomaban los últimos asesinatos como una pista.

Rebecca contempló la extraña decoración de la sala, el tablero gigante de ajedrez que cubría el suelo, la mente que había detrás. Evidentemente, hacia el final se había vuelto loco con sus divagaciones sobre el ajedrez y sobre el «verdadero sentido» del virus. Tal vez hacer experimentos con personas había sido demasiado para él.

Su radio emitió la señal de llamada. En cuanto apretó el botón de recepción, la voz jadeante de Billy le resonó en el oído.

—¿Dónde estás? Tenemos que reagruparnos, ahora mismo. ¿Hola? Ah, cambio.

—¿Qué ha pasado? Cambio.

—Lo que ha pasado es que me he topado con otra de esas personas-sanguijuelas y ésta ha estado a punto de acabar conmigo. Los zombis sé cómo manejarlos, pero esas cosas se comen las balas, Rebecca. No tenemos suficiente munición para mantenerlas a raya. Cambio.

«Han comenzado a formar colonias, como las hormigas o las abejas.»

¿Quién las estaría controlando? ¿Marcus? ¿O habrían desarrollado su propio líder? ¿Una reina?

—De acuerdo —respondió Rebecca. Cogió los planos del sótano y del observatorio que había encontrado y se los metió bajo el chaleco mientras se ponía en pie. Después de dudar un segundo, agarró también el diario y se lo metió en el bolsillo de la cadera—. Reúnete conmigo en el rellano, donde estaba el cuadro de Marcus. Tal vez haya encontrado la salida, cambio.

—Voy para allá. Vigila. Cambio y corto.

Rebecca se apresuró a salir del cuarto y a recorrer el distribuidor, moviéndose con rapidez. No había llegado muy lejos en su exploración, sólo a una sala de reuniones vacía y luego a la oficina con los ajedreces. Por suerte, no se había topado con nada hostil. Billy tenía razón con respecto a los hombres-sanguijuela, no había forma de que pudieran contener a más de esos seres. De hecho, era muy posible que la única razón por la que todas las sanguijuelas que había en el tren no los hubieran atacado era porque las habían llamado. Tenía la vaga esperanza de quedarse tranquilamente



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