El libro del fin del mundo by José Antonio Fortea

El libro del fin del mundo by José Antonio Fortea

autor:José Antonio Fortea [Fortea, José Antonio]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Aventuras, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2022-07-06T00:00:00+00:00


* * *

Los tripulantes todos, después de la comida, se sentaron en cubierta a charlar mientras echaban, de vez en cuando, entre palabra y palabra, otra mirada a la gran cascada. Los que solíamos pasar la sobremesa en mi camarote también habíamos subido al castillete de proa. Era un día de camaradería y unidad. Qué gozosos estábamos allí, en cubierta, escuchando las chanzas del resto de la tripulación. Reinaba la felicidad. Mirábamos la cascada para memorizar muy bien aquella imagen, pues bien sabíamos que lo que nos quedara de nuestras vidas relataríamos incontables veces lo que recordáramos de este momento.

Desafortunadamente, cuando afirmo que veíamos la catarata, hay que explicar que estábamos a media legua de distancia. Eso significaba que podíamos ver no mucho, porque era como mirar una cascada desde el curso superior del río. Una catarata como se ve bien es desde el frente o desde abajo, pero no desde arriba, a cierto trecho antes de la caída. No obstante, veíamos un poco mejor subiendo unos cuantos tramos de las escaleras de cuerda de los mástiles. Y, por supuesto, desde el puesto del vigía. Pero, incluso desde allí, seguíamos sin atisbar adonde caía todo aquel inestimable volumen de agua.

Por la tarde, en mi camarote, discutimos hasta dónde era prudente aproximarse para poder satisfacernos con una mejor contemplación de la catarata y del lugar adonde cayera. Fue entonces cuando llamó a la puerta un marinero.

—¡Capitán, maese Fadrique! ¡Hay corriente! —espetó sin rodeos con su voz cascada el marinero de torso peludo.

Todos salimos a cubierta. Resulta que el pinche de cocina había tirado por la borda el cubo de desperdicios del almuerzo. Y uno de los que estaban trabajando en cubierta había observado que los desperdicios flotantes se dirigían lentamente hacia el precipicio. El barco, sin embargo, flotaba inmóvil, pues las anclas estaban bien fijadas al fondo marino. Enguerrand y Hans habían calculado magistralmente que las anclas quedarían, desde la proa, detrás de nosotros, y que el buque seguiría hacia la catarata lo que dieran de sí las sogas, formando una diagonal. Su prudencia y su cálculo habían resultado soberbios. Lo habían hecho sin papel ni números, a ojo de buen cubero. Detrás del cálculo de Enguerrand había toda una vida haciendo esto.

Como es lógico, durante lo que quedó de día todo fueron deliberaciones. Y más que deliberaciones fueron dudas preñadas de pavor. Resultaba más que evidente que cuanto más nos acercáramos al borde, mayor sería la força de la corriente. Y en el mismo borde el ímpetu podía ser demasiado recio. Así que antes de llegar a esa zona había que contar con espacio para maniobrar con las velas. Cierto que si el viento no era favorable mantendríamos echadas las anclas y esperaríamos lo que hiciera falta a que el aire viniera en la dirección que nos alejara de la cascada. Pero se trataba de una operación mucho más complicada que la de acercarse a un muelle estrecho.

—No, no es más complicada —corrigió Enguerrand a Otto—. El margen en un muelle es incluso menor.



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