El archivo de SHerlock Holmes by Arthur Conan Doyle

El archivo de SHerlock Holmes by Arthur Conan Doyle

autor:Arthur Conan Doyle
La lengua: spa
Format: epub, mobi
publicado: 1926-12-31T16:00:00+00:00


7. La aventura de Los Tres Gabletes

No creo que ninguna de mis aventuras con Sherlock Holmes haya tenido un comienzo tan brusco y tan dramático como ésta que asocio con los tres gabletes y tejados triangulares. Llevaba varios días sin ver a Holmes e ignoraba por qué nuevo rumbo se encaminaban ahora sus actividades. Pero aquella mañana estaba de un humor hablador. Apenas me había instalado en el sillón, bajo y muy usado, a un lado de la chimenea, y mientras él se encogía con la pipa en la boca, en el sillón de enfrente, llegó nuestro visitante. Si hubiese dicho que había llegado un toro furioso, habría dado una impresión más clara de lo que ocurrió.

La puerta se abrió de par en par, se abalanzó dentro de la habitación un negro corpulento. Habría resultado un tipo cómico de no haber sido aterrador, porque vestía un traje chillón a cuadros grises, y llevaba una corbata flotante color salmón. Proyectaba su ancha cara y su nariz achatada hacia delante, y sus ojos tristones, que mostraban un rescoldo de malicia, nos miraban tan pronto al uno como al otro.

—¿Quién de ustedes es el señor Holmes? —preguntó en su característico inglés mal hablado.

Holmes alzó su pipa con una lánguida sonrisa.

—¿De modo que es usted? —dijo nuestro visitante, contorneando con andares desagradables y furtivos la esquina de la mesa—. Oiga señor Holmes, no meta usted cuchara en plato ajeno. Deje que cada cual se ocupe de sus asuntos. ¿Me ha comprendido, señor Holmes?

—Siga hablando —le contestó Holmes—. Da gusto oírlo.

—Da gusto oírme, ¿verdad que sí? —gruñó aquel bárbaro—. No le dará tanto si me obliga a decirle lo que pienso. A más de uno de su clase se la tenía jurada, y no estaban muy conformes cuando acabe de liquidar cuentas con ellos. ¡Fíjese en esto, señor Holmes!

Movió con un vaivén, debajo de la nariz de mi amigo, un puño descomunal y lleno de protuberancias nudosas. Holmes lo examinó con expresión del más vivo interés, y le preguntó:

—¿Nació con el puño así? ¿O es cosa que se desarrolla gradualmente?

Fue debido quizá a la frialdad de hielo de mi amigo, o se debió acaso al ligero ruido metálico del hurgón, al agarrarlo; el hecho es que los ímpetus de nuestro visitante se apagaron un poco, y dijo:

—Bueno, ya queda debidamente advertido. Tengo un amigo que tiene intereses en el camino de Harrow, ya sabe lo que quiero decir, y no está dispuesto a que nadie se entrometa en sus asuntos. ¿Se ha fijado en lo que le digo? Usted no es la ley, y yo tampoco lo soy, y si usted va por allí, nos veremos las caras. No se olvide un momento de lo que le digo.

—Hace ya algún tiempo que deseaba conocerlo —dijo Holmes—. No lo invito a que se siente porque no me agrada su olor pero ¿no es usted Steve Dixie, el machacador?

—Así me llamo, señor Holmes, y lo probaré en usted si me hincha los labios.

—Los tiene ya bastante —le contestó Holmes, con la vista fija en la repugnante boca de nuestro visitante—.



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