Kwaidan by Lafcadio Hearn

Kwaidan by Lafcadio Hearn

autor:Lafcadio Hearn [Hearn, Lafcadio]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Relato, Fantástico
editor: ePubLibre
publicado: 1903-01-01T05:00:00+00:00


[Si con la manga oculto el lánguido

Y hermoso color del sol crepuscular,

Entonces es posible que mi señor

Aún permanezca aquí por la mañana[3]].

Entonces Tomotada supo que ella aceptaba su admiración; y el asombro que le causó la sutileza con que ella hilvanara en versos sus sentimientos no fue inferior al deleite que le ocasionó la respuesta que éstos implicaban. Ahora estaba seguro de que en todo este mundo jamás podría encontrar, y menos conquistar, a una muchacha más bella y sagaz que esta rústica doncella; y en su corazón, una voz parecía gritarle: «¡Aprovecha la suerte que los dioses han puesto en tu camino!». En otras palabras, estaba hechizado, y lo estaba a tal punto que, sin dilación, le pidió a los ancianos la mano de su hija, no sin detallarles su propio nombre y linaje, y su rango en la corte del Señor de Noto.

Ellos se inclinaron ante él, proclamando su sorpresa y gratitud. Pero, tras unos instantes de aparente vacilación, dijo el padre:

—Honorable señor, sois persona de alto rango y tenéis posibilidad de elevaros más todavía. Muy grande es el favor que os dignáis ofrecernos, y por cierto que no hay modo de expresar o medir la hondura de nuestra gratitud. Pero esta muchacha es sólo una estúpida campesina, nacida en cuna humilde y sin educación de ningún tipo, y no es adecuado que se convierta en esposa de un noble samurai. Ni siquiera es correcto mencionar tal posibilidad… Pero, puesto que la halláis a vuestro gusto y habéis condescendido a disculpar sus rústicos modales y a pasar por alto su grosería, os la ofrecemos con gusto para que os sirva con humildad. Dignaos, pues, actuar como mejor convenga a vuestro augusto placer.

Antes de la mañana se disipó la tormenta, y la claridad irrumpió desde el oriente sin nubes. Aunque la manga de Aoyagi ocultaba el arrebol del crepúsculo a los ojos de su amante, éste no podía demorarse más. No obstante, no se resignaba a despedirse de la joven. Cuando todo estuvo dispuesto para el viaje, se dirigió a los padres con estas palabras:

—Aunque parezca ingrato solicitar más de lo que ya he recibido, una vez más quiero rogaros que me deis a vuestra hija por esposa. Ahora me sería difícil separarme de ella; y, puesto que ella está deseosa de acompañarme, si lo permitís, la llevaré tal como está. Si me la concedéis, siempre os veneraré como padres… y aceptad entretanto esta pobre señal de agradecimiento a vuestra amabilísima hospitalidad.

Hablando de este modo, puso a los pies de su humilde anfitrión una bolsa de ryõ de oro. Pero el anciano, tras prosternarse reiteradas veces, le devolvió el presente con amabilidad, diciéndole:

—Bondadoso señor, de nada nos serviría el oro, y vos acaso lo necesitéis durante vuestra larga jornada. Aquí no compramos nada; y no podríamos bastar tanto tiempo aunque quisiéramos… En cuanto a la muchacha, ya os la hemos ofrecido como un regalo. Os pertenece: es innecesario que nos pidáis permiso para llevárosla. Ya nos ha confiado que desea acompañaros y ser vuestra sirvienta tanto tiempo como os dignéis mirarla.



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